Alejandro Robaina: “nunca imagine que de los humidores pudieran surgir verdaderas obras de arte”

18 04 2010

Jorge Rivas Rodríguez

“Nunca imagine que de los humidores, de los que en mi vida he visto miles, pudieran surgir verdaderas obras de arte  como estas de Ernesto Milanés”, tal sentencia fue expresada hace poco menos de un año,  al apreciar las creaciones de este artífice, por el célebre campesino cubano Alejandro Robaina, el Rey del Tabaco Cubano, fallecido este sábado en su natal provincia de Pinar del Río, a los 91 años de edad.

Ante la fatídica noticia, he querido reproducir algunos fragmentos de un texto que publiqué hace algunos meses, relacionado con la construcción de humidores artísticos por Milanés,  quien logró establecer con el anciano una estrecha amistad durante los últimos años de su vida.

Con sus novedosos humidores de tabacos,  Ernesto Milanés ha creado expectativas entre los coleccionistas de arte que igualmente son adeptos a los puros o habanos. Su reciente muestra en el Miramar Trade Center, bajo el titulo Arte puro, corrobora  la exquisitez de la factura y el valor artístico de cada una de estas piezas con eminente sentido utilitario.

Con una estética similar a la de los tallistas venecianos de mediados del milenio pasado, en sus humidores, este artista crea un diálogo entre el pasado y el presente, entre la tradición y la modernidad, entre el arte y la utilidad. En sus composiciones se fusionan diferentes estilos y técnicas, desde el realismo hasta la figuración; además de la action payting y el ready-mades, de los cuales se perfilan muchas de las ideas que luego conforman estos suntuosos muebles, cuyas excelencias han sido certificadas por el propio Alejandro Robaina, el más conocido cultivador de tabaco de Cuba, en cuyo honor se creó en 1997 la marca Vegas Robaina, quien aseguró: “nunca imagine que de los humidores, de los que en mi vida he visto miles, pudieran surgir verdaderas obras de arte  como estas de Milanés”.

El internacionalmente famoso campesino nació hace 91 años —20 de marzo de 1919—  en Alquízar y desde muy pequeño se radicó en la finca El Pinar, en Barbacoa, municipio de San Luis, Pinar del Río, donde se cultiva el mejor tabaco del mundo, precisó que en los humidores lo esencial radica en la calidad técnica del receptáculo destinado a la protección de los tabacos.

“Aunque parezca una cosa simple —subrayó—, no es fácil conseguir que un humidor mantenga los puros en perfecto estado. Casi siempre se fabrican de pequeños o mediano tamaños, pero nunca los había visto tan enormes y tan bonitos como los de Milanés. Y lo que más me llama la atención, como tabaquero, porque de arte yo no conozco mucho, es la calidad de su confección, con ensambladuras perfectas, las esquinas bordeadas y el cierre de sus tapas, las que deben encajar bien pero nunca de forma hermética, ya que dentro de estos recipientes debe de existir circulación de aire para mantener húmedo a los habanos. Por eso aseguro que estos son los mejores humidores que he visto”.

En esa sentencia del experimentado y lúcido anciano radica lo que bien pudiéramos calificar como valor “agregado” de estas piezas esculto-pictóricas. Tal  cualidad le confiere especial connotación a la labor del hábil artista, quien para la confección de muchos de estos humidores se vale de  viejos  objetos y muebles —cajas registradoras, vitrolas, enormes radios de principios del siglo pasado, escaparates…— re-contextualizados a través del empleo de diferentes técnicas del arte.

En estos trabajos no es posible establecer fronteras entre el  alcance utilitario de los humidores y la obra de arte que en sí conforman. Entre ambos sentidos se establece enjundiosa conciliación en la que la intencionalidad lúdica del artífice también pone a prueba la capacidad de interacción interpretativa del espectador, en ocasiones engañosamente atraído por la proyección de figuras  que a primera vista asume en correspondencia con las referencias o semejanzas que le sugieren sus experiencias personales.

Es así como  este pintor, dibujante y escultor  convence con su insólito arte. Sus humidores derivan en fantasiosos discursos plásticos en los que igualmente se observan estudios experimentales sobre la manipulación de distintos materiales —bronce, madera, molduras, cristal,  algunos de ellos reciclados—, los cuales introduce en estos proyectos que de diferentes maneras están relacionados con asuntos inherentes a nuestra historia, con alegorías o signos que representan cubanía o con  temas tan  universales como el desarrollo de la producción tabacalera en la Isla, dentro del cual se destaca su serie recreada en la emblemática figura de Robaina.

Vale la pena disfrutar de estas estructuraciones eminentemente barrocas, en las que las maderas y los bronces trabajados como encajes, se combinan con  la pintura, el dibujo y la escultura para crear esa suerte de embeleso y goce espiritual que pocas veces puede apreciarse en la confección de los humidores.

Sirvan estas líneas como homenaje a Robaina, una gloria cubana que seguirá en el recuerdo de todos.

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