ARTURO MONTOTO EMBELESA A PARIS

25 06 2010

Por Jorge Rivas

El destacado creador cubano Arturo Montoto (Pinar del Río, 1953)  inauguró en París una muestra de 30 acuarelas inspiradas en motivos frutales reunidas bajo el sugerente título de Acqua.

Montoto y María Eugenia, su compañera en el arte y la vida. Con ellos, Suka, la fiel mascota. Foto tomada en febrero 2008

Montoto y María Eugenia, su compañera en el arte y la vida. Con ellos, Suka, la fiel mascota. Foto tomada en febrero 2008

Tanto las pinturas, como los dibujos y los grabados  de Arturo Montoto provocan en el espectador  extraordinario y portentoso despliegue emocional. Por nuestra mente pasan ideas y  sentimientos que empiezan a bullir movidos por esos místicos espacios de encantamiento que provocan cada uno de sus cuadros que suponen la búsqueda de una solución, el hallazgo de una fórmula oculta en el proceso intelectual pictórico.

Poética inspirada en el arte y la vida, en el hombre y su cotidianidad, a través de colores devenidos  luces  que brotan de los fragmentos de añejas construcciones,  columnas, puertas, escaleras, frutas … para conformar complejos mensajes de transfiguración etérea  en los que la recontextualización  de disímiles objetos (códigos) expresivos facilitan el acceso hacia un arte que sugiere  en su discurso de extraordinaria belleza plástica,  irónicas sutilezas sicológicas.

Y quiero referirme a esas sutilezas sicológicas de un arte que, como fin, poco tiene que ver con la endulcoración o la bella representación, amén de un perfecto ejercicio de la  tradición pictórica, en el que se fusionan el clasicismo y el barroco con un vigor sorprendente.

En sus acuarelas, como en sus pinturas y grabados, los objetos son tan reales que podemos palparlos. Las frutas, son frutas; las puertas con sus viejos y decorados tablones, son casi reales; el yunque, los cuchillos, el hacha y otros muchos objetos recurrentes en sus discursos pictográficos, están ahí e incitan a tomarlos; las paredes, las columnas y las escaleras, con sus irreversibles marcas del hombre y del tiempo, adquieren matices de grandeza y espectacularidad.

Aparentemente, todo es tan real y fantasioso en sus iconografías. Sin embargo, cada una de esas escenas transitan hacia  otro rango de importancia: el arte como problema, como centro del drama de nuestro tiempo.

Sutil y lúdica es la trampa que nos tiende el pintor al atraparnos con disímiles elementos expresivos que, a su antojo, desvía de su contexto para reelaborar un discurso neoconceptual en el que la reproducción de lo natural asume el falaz papel de idea rectora del tema sobre el cual quiere provocar la mirada del espectador. La realidad no es lo cotidiano en el arte; sino se trata del arte subyugado a la realidad. De tal modo, la siquis es convocada a transitar por dimensiones infinitas, a descubrir entre la perenne hermosura de cada pieza una multitud de detalles íntimos que son utilizados por Montoto para conducirnos, con asombrosa osadía,  hacia las magnificencias de una contemporaneidad  insólita, sobre la que invita a meditar.

“Mi obra es el resultado de una indagación en el ámbito de la visualidad pictórica de herencia post-renacentista, modelada por los recursos representacionales de la tradición occidental”, ha dicho  Montoto y así lo ha hecho evidente mediante su pintura  tautológica,  acariciante y onírica; síntesis de la evolución artística aprehendida en sus recurrentes estudios, entre los que se encuentran su Master of Fine  Arts en el Instituto Estatal V. I. Súrikov, de Moscú –que definitivamente marcó su desempeño profesional-. 

Pero ese espectacular magisterio académico, su recurrente repetición de ritmos formales, de los que fluyen las más variadas experiencias humanas, a fin de cuentas, no son más que  un suculento artificio: de la consistencia y el perfecto encaje  de las formas, emana una energía, un aura que  trasmite otras –las verdaderas- percepciones visuales  que excitan interiormente. Entonces,  en la conciencia del receptor comienza a funcionar todo un mecanismo de descodificación que  permitirá ver claramente en qué consiste el juego de este  arte que, ante la primera mirada, provocándonos, sin admitir inmediatez interpretativa,  pareciera insinuar: “usted no ve nada”.

“Me agrada más ser aceptado por la gente que “no entiende” de arte que por los “especialistas”; afirmó el maestro de la plástica, cuya obra pictográfica incita a recurrentes polémicas entre admiradores, detractores y expertos, quienes coinciden  en que este artífice ha demostrado la idoneidad sustancial de la pintura.

“Siempre digo que mi satisfacción mayor es cumplir con mi necesidad personal de crear en la soledad del Taller sin importarme qué pasará después con las obras si son  aceptadas o no dentro de los parámetros establecidos que se mueven en el mercado y en los intereses ideológicos y financieros en el mundo”, dijo.

En ese sentido agregó que “la vanguardia cubana de la primera mitad del Siglo XX fue mi primera gran fuente, y guardo mucho amor y admiración por esos artistas”.

 Montoto valora su quehacer pictográfico como su “única posibilidad de trasladar o comentar a otros el orden que me gustaría otorgarle a las cosas de una realidad que no me satisface. Me parece mirar a través de una endija difícil y descubrir allí, donde otros no ven, una relación más armónica o más apreciable para construir otro mundo aunque sepa que es un simulacro pero verosímil al fin y al cabo. Mi obra contiene mi autobiografía. Es escueta, ríspida y al mismo tiempo encantadora al parecer”.

Considerado entre los creadores más célebres y admirados por el gran público de todas las generaciones, Montoto es un clásico de la forma y el color. Indudablemente, la popularidad de su obra radica, ante todo, en la pulcra factura de su obra, la cual  se erige, además, sobre sólidas herencias culturales que son recreadas en iconografías devenidas entretejido de lo clásico y lo barroco, para finalmente adjudicarles lúdico sentido decorativo.

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