EL TRATAMIENTO DEL TEMA RELIGIOSO EN LA PINTURA CUBANA (NUEVO ARTE CUBANO)

14 08 2010
Obra de José Bedia

Obra de José Bedia

Nuevo Arte Cubano (1980-presente) es el título del texto con el cual hoy damos continuidad al valioso ensayo publicado por el investigador José de la Fuente García en la Gazeta de Antropología Nº 17, 2001 (Texto 17-14), bajo el título de El tratamiento del tema religioso en la pintura cubana, documento de gran valía para la mejor comprensión del surgimiento y desarrollo del arte en la Isla.

En  el capítulo  Nuevo Arte Cubano (1980-presente), de este genial trabajo que Espejo Impaciente pone a disposición de sus lectores, de la Fuente García subraya:

Nuevo Arte Cubano (1980-presente)

Los años 80 y 90 protagonizan una explosión en la producción artística cubana que se caracteriza por una pluralidad de manifestaciones en la búsqueda constante de nuevos caminos. La novedad se erige como elemento rector en la composición de la forma y el contenido del mensaje artístico, lejos de toda corriente rectora o hegemónica; la idea prima sobre los medios. El Nuevo Arte Cubano es un movimiento regido por patrones singularmente autóctonos (que no se pueden enmarcar ni en postmodernismo, ni en vanguardismo, ni en surrealismo, aunque de todos se nutre y defiende) que conducen, por el desarrollo histórico del arte cubano, a retar los aspectos teóricos, metodológicos y estéticos del arte contemporáneo. 

Coincidiendo con Janet Batet, los pares categoriales utopía-cinismo, agresión-seducción y lenguaje directo-subterfugio accionan y definen el Nuevo Arte Cubano pugnando por armonizar las necesidades metodológicas con el contenido del mensaje artístico (Navarro 1996: 41-51). Toda definición del arte y del fenómeno artístico está unida a la interpretación de experiencias históricas y a un determinado “modelo cultural” (Eco 1970). No es posible negar esta realidad y la crítica debe enfrentarse a ello buscando un diálogo dialéctico y capaz de dar espacio a nuevos modelos culturales en el futuro. El Nuevo Arte Cubano es un proceso en pleno desarrollo que escapa a cualquier definición categorial-conceptual estrecha y predeterminista, reclamando un análisis dialéctico dentro del contexto histórico y socio-económico del país. 

La exposición “Volumen I” (Centro de Arte Internacional, La Habana, 14 de Enero de 1981) simboliza la emergencia del Nuevo Arte Cubano con las figuras de José Bedia, Juan Francisco Elso Padilla, José Manuel Fors, Flavio Garciandía, Israel León, Rogelio López Marín (Gory), Gustavo Pérez Monzón, Ricardo Rodríguez Brey, Tomás Sánchez, Leandro Soto y Rubén Torres Llorca (Camnitzer 1994, 1-8). En la obra de Rubén Torres Llorca aparecen representaciones de la virgen de la Caridad del Cobre, patrona de Cuba y con un profundo arraigo en la religiosidad del cubano (Portuondo 1995; de la Fuente García 1999: 99-122), como símbolo irreverente de cubanía en collages kitsch (o cursi) (Camnitzer 1994: 26-30). Entre los artistas de esta generación hay seguidores de las religiones afro-cubanas (santeros y paleros), algunos más explícitos que otros en su obra. José Bedia (palero) y Ricardo Rodríguez Brey tienen una fuerte influencia de las religiones afro-cubanas en su obra (Camnitzer 1994: 41-50). La obra de Juan Francisco Elso Padilla, por otra parte, cultiva la mitología latinoamericana incluyendo elementos de la Santería afrocubana (Camnitzer 1994: 50-60). Haciendo un uso poético y no ortodoxo del ritual santero, bendijo con su propia sangre los materiales para su obra “Por América” de fuerte simbolismo americanista. 

A la generación de “Volumen I” sigue otra denominada por algunos como de “transición” pues no se siente como grupo en una época de relativa estabilidad económica en el país. Esta segunda generación dentro del Nuevo Arte Cubano está integrada por figuras como Consuelo Castañeda, Gustavo Acosta, Humberto Castro, Moisés de los Santos Finalé, Carlos A. García, Antonio Eligio Fernández (Tonel), Marta María Pérez Bravo, Magdalena Campos y José Franco Codinach. En general, en la obra de estos artistas no se observan elementos religiosos a excepción, quizás, de la obra de Magdalena Campos que sugiere un interés artístico en la Santería (Camnitzer 1994: 211-215). Aquí nuevamente se refleja la contradicción de la concepción atea imperante, consolidada y tolerada en una época de relativa bonanza económica y estabilidad socio-política, con la religión. 

El arte cubano contemporáneo, desde sus comienzos, es el resultado de una tradición modernista (introducida por los vanguardistas), poco explícito políticamente y más cercano a las corrientes occidentales que al “realismo soviético”. Su desarrollo se ve favorecido porque el Estado no dicta la línea estética, deja hacer, si bien el contexto económico, político y socio-cultural marca líneas de pensamiento e impone barreras (como las observadas en el tratamiento del tema religioso). 

La profunda crisis económica y social que afectó (y aún afecta) a Cuba a comienzos de la década del 90 repercute en el movimiento artístico, produciéndose un silencio temporal y el éxodo de artistas noveles. Los cambios socio-económicos que opera el país como consecuencia de la crisis imponen una nueva singularidad: la comercialización del arte como necesidad económica. Aparecen espacios donde se expone y comercializa la obra plástica en un mercado para turistas y nacionales donde el dólar norteamericano rige el cambio. Todo este proceso conlleva, en mi opinión, a dos fenómenos fundamentales: una mayor difusión de la producción artística cubana y la aparición del “arte comercial” (postmodernista, en ocasiones carente de valores estéticos y mensajes de mérito y en contraposición con la necesaria comercialización de la obra artística). La tercera generación del Nuevo Arte Cubano (artistas nacidos en su mayoría alrededor del año 70), enfrenta esta crisis económica y de valores y se pronuncian como generación abordando con profundidad el tema del nacionalismo y la cubanía. Esta generación vive, desde finales de los 80 y pese a la libertad estética característica del desarrollo del Nuevo Arte Cubano, elementos de censura y autocensura, no tanto en lo referente a los elementos estéticos sino más bien en lo concerniente al mensaje y la utilización de símbolos patrios (Camnitzer 1994: 129-133). 

Dentro del Nuevo Arte Cubano el tema religioso tiene también un tratamiento novedoso. La Vanguardia abandona en lo esencial los temas religiosos, con excepción de aquellos relacionados con las religiones afrocubanas, y no es hasta este periodo que reaparecen estos elementos como símbolos de una nueva semiótica en la plástica cubana. Aparecen elementos eclécticos en el tratamiento del tema religioso, no como un postmodernismo occidental, sino como una búsqueda de nuevos elementos de expresión, en un medio donde el eclecticismo es un componente de la vida cotidiana. 

En los años 90, con una nueva proyección del Estado hacia la religión (aunque esencialmente en apariencia pues el enfrentamiento entre el Estado y la religión, particularmente la católica, se ha arreciado en los últimos tiempos después de que la jerarquía eclesiástica pasara a jugar un papel más activo en la lucha por los derechos civiles en Cuba), este quehacer se profundiza y perfecciona en su mensaje. No hay duda que la nueva posición de la religión y el religioso en la sociedad cubana desembaraza de ataduras el tratamiento del tema religioso en la pintura (a decir de un sacerdote dominico con más de 40 años de ejercicio en una entrevista en diciembre de 1998 “El Estado siempre respetó  las iglesias en tanto nunca suprimió ninguna. Sí había una ideología oficial ateísta que influía en algunas personas. A partir de 1993 aproximadamente se cambia el contexto ateo militante del Estado por un Estado laico que no toma partido ni a favor ni en contra de la religión. Después del triunfo de la revolución, con la salida de muchos cubanos del país, la asistencia a las iglesias fue disminuyendo hasta que a partir del año 90 ha empezado a subir nuevamente. Esto responde al mismo fenómeno; anteriormente, aunque se podía ir a la iglesia, en un centro de trabajo te decían “eso no te conviene” y eso ahora es diferente, si vas, vas, y si no vas, no vas”). 

El polifonismo de la nueva plástica cubana se refleja también en el tratamiento del tema religioso. Este no será evocado para hablar con Dios, pocas veces para hablar de El y la mayoría de las veces como elemento simbólico, en aguda desfiguración y subversión de la idea religiosa, para representar la realidad cubana actual plagada de contradicciones, inversión de valores y pujanza de una nueva inteligencia. La desmitificación de la Revolución como inquietud en la expresión plástica de la novísima generación hace uso de elementos religiosos también para plasmarse en la obra artística. Tal es la obra de José Toirac y José Almarales. La compleja relación entre la religión y la visión materialista del mundo, entre religión y sexo entre otros temas, se abordan en la obra de artistas como Luis Olivera (su obra “La inmaculada contención”, expuesta en el reciente Primer Salón de Arte Erótico en la galería La Acacia en La Habana, coloca la imagen de una virgen dentro de un preservativo como alusión a las barreras que impone la religión católica al sexo; Cepero 2000). 

En artistas como Zaida del Río, Diana Balboa, Ibrahim Miranda, Cosme Proenza, Reinerio Tamayo, Odalys Hernández Fernández y Ángel Ramírez se transparenta un mensaje esotérico y sumamente simbólico empleando elementos de la religión católica o yoruba (Cruz 1990; García Abela 1996: 45-48; Cepero 1996: 65-66; Piñera 1996: 6; Blanco de la Cruz 1997: 63-64; Minemura 1998: 71-72; Toledo 1999). En otros, como Manuel Mendive y Roberto Diago, la obra está marcada por la exteriorización de elementos religiosos afrocubanos y sincréticos (Castellanos 1995: 21-30). Ever Fonseca recrea la mitología popular (Juan 1980: 75-77). 

Algunos artistas noveles utilizan elementos de la liturgia católica para recrear temas como la “emigración cubana” entre otros silencios que se gritan a diario en la sociedad cubana actual (Becker 1995: 27-36). Así se pudo apreciar durante el II Salón de pintura contemporánea en la Fundación Wifredo Lam en La Habana (1998). La propia definición de “arte contemporáneo” que utilizaron los organizadores del certamen (Batet 1996: 34-40) introdujo un sesgo importante en la muestra que exhibió el Salón, incluyendo temas como el ya mencionado (cotidiano para todos los cubanos pero agotado por recurrencia temática y estética) y excluyendo a artistas de la valía, como por ejemplo los reunidos en el Taller Experimental de Gráfica de La Habana. 

El grabado, que desaparece casi por completo en el siglo XIX (Rigol 1982: 142), tiene su primera gran reaparición en los años 40 con la vinculación de la serigrafía cubana al cartel político. Aparecen figuras como Enrique Caravia, Jorge Rigol y Carmelo González (de la Torriente 1954). Después, en la década del 70, florece el grabado cultivado por las figuras más descollantes de la época. El discurso político-cultural en las obras de Humberto Peña crea una escuela dentro del grabado cubano, que junto al trabajo de José Luis Posada y Santiago Chago Armada, se convierten en antecedentes importantes del desarrollo ulterior del grabado en Cuba. Con el Nuevo Arte Cubano el grabado adquiere su época de oro en la expresión plástica cubana. Los artistas reunidos en el Taller Experimental de Gráfica de la Habana asombran por sus depuradas técnicas y por la policromía de estilos y mensajes. Artistas de la valía de José Omar Torres y Eduardo Roca (Choco) emplean elementos religiosos afrocubanos y de la mitología popular para recrear un mensaje profundamente auténtico y cubano. Otros, como Ricardo Silveira y Belkis Ayón, acuden a elementos mitológicos y religiosos de gran arraigo popular como la virgen de la Caridad del Cobre. 

Un afinado contrapunteo entre “parábola religiosa” y “parábola simuladora” con la recreación de pasajes bíblicos se asoma en la obra de artistas como Lissette Matalón, Rubén Alpízar, Aisar Jalil y Omar Hechavarría González (Castellanos 1996: 67-68). En Aimée García el surrealismo y la imagen católica se entrecruzan como una forma de comunicación de un sutilísimo mensaje poético universal (Navarro 1997: 45-49). Lázaro García (Camnitzer 1994: 287) recrea la tradición bíblica de manera descarnada y, por tanto, más real y cercana. 

Desde hace unos años, el artista Salvador González ha estado realizando un trabajo interesante en el Callejón de Hammel en La Habana. Este proyecto, además de integrar el barrio a la cultura popular con sesiones de danza y canto, incluye la decoración de las fachadas y muros del callejón con frescos de Salvador reflejando motivos místico-religiosos, con una alegoría directa a deidades y rituales de la tradición religiosa yoruba y afrocubana. Es una experiencia interesante que ha alcanzado a difundirse entre nacionales y extranjeros, convirtiéndose hoy en un centro de cultura afrocubana y en un medio de vida para muchos de los habitantes del callejón. 

En definitiva, en la obra de un buen número de los plásticos contemporáneos en Cuba, encontraremos reflejado el tema religioso de alguna forma, quizás la mayoría de las veces en alusión a las deidades del panteón yoruba. Este fenómeno de creciente interés por el tema de las religiones afrocubanas se presenta en dos direcciones: una como resultado del nuevo enfoque sobre la religión, y en particular de las religiones afrocubanas, por la sociedad y el Estado, que se refleja en el creciente número de sus practicantes (aunque sea sin una definida afiliación religiosa) y que se acrecenta en periodos de crisis, y otra vinculada al atractivo “turístico” del tema que desemboca en un arte mercantil y decadente. 

Relación de ejemplos: 

Nuevo Arte Cubano (1980-)

Nombre Obra  Referencia

José Omar Torres Eleguá, colografía, 1998. De la serie “Mitos y Leyendas”. Taller Experimental de Gráfica, La Habana.

Nelson Domínguez Rostros de Eleguá, cerámica, 1995.

Una danza para Eleggua, óleo/tela, 1993.

 Galería “Los Oficios”, La Habana. Grant 1996, 30-36.

1er Salón de Arte Contemporáneo 1995, 51.

 Ofertorio, 90s.

 La ofrenda del coronel, 90s.

De la serie “Ofrendas” en la colección del Museo Nacional de Cuba.

Grant 1996, 30-36.

 Zaida del Río Yemayá, acuarela, 1995. Galería de R.Fabelo y Z. del Río en la Habana Vieja, La Habana.

Dulce corazón de María, acuarela, 199.  

Ilustraciones, 1990. Cruz 1990.

Eduardo Roca “Choco” Elegguá, colografía, 1998. Primer premio en la cuarta trienal de Kochi, Japón, 1998. Taller Exprimental de Gráfica de la Habana.

Manuel Mendive (1944- ) Osun, 1992, óleo/lienzo. Sothebys 1999, Subasta #NY7322, lote 306.

Tomás Sánchez (1948- ) Crucificción, 1989, óleo/mansonite. Sothebys 1999, Subasta #NY7322, lote 171.

Pedro García Espinosa Orishas, 1995. Exposición en la galería “La Acacia”, La Habana, 1995. M. P. V. 1995, 75-76.

Santiago Rodríguez Olazábal Orishas, exposición en la galería “Walter Phillips”, Alberta, Canadá, 1994. de la Hoz 1995, 81-82.

Ricardo Silveira La gran Virgen cubana, calcografía, 1998. Taller Experimental de Gráfica, La Habana.

Tamara Campo Con el peso a cuestas, xilografía, 1995. León 1996, 69-70.

Ángel Ramírez Y así sucesivamente, óleo/tela, 1996. Minemura 1998, 71-72.

Belkis Ayón Sikán, colografía, 1991. Minemura 1998, 71-72.

Alicia Leal Conjunto “Había una vez”, óleo “naif”. González 1997, 4-7.

Reinerio Tamayo El viaje de los dioses al infinito, técnica mixta. Blanco de la Cruz 1997, 63-64.

Rivas 1996, 10.

Cosme Proenza Muestra “Un desconocido de Vasari”, Convento de San Francisco de Asís, La Habana, 1996. Piñera 1996, 6.

Aimée García  La última cena.

Natividad. 

Ave María.

Navarro 1997, 45-49.

Rubén Torres Llorca El que nace para…II, técnica mixta, 1984-1986. Camnitzer 1994, 26.

José Bedia La comisión india y la comisión africana contra el mundo matrial, Instalación, 1987. Camnitzer 1994, 45.

¿Qué te han hecho Mamá Kalunga?, Instalación, 1989. Camnitzer 1994, 45.

Juan Francisco Elso Padilla Por América, técnica mixta, 1986. Camnitzer 1994, 57.

Lázaro García Jesús y Magdalena, Oleo/Tela, 1990. Camnitzer 1994, 287.

Rubén Alpízar (1965- ) Divino Sacramento, 1995. Instalación. Tempera/cartulina y barro. 1er Salón de Arte Contemporáneo 1995, 30.

Roberto Alvarez Mederos (1968-) El viaje, 1995. Oleo/Tela. 1er Salón de Arte Contemporáneo 1995, 32.

Luis Cabrera Hernández (1956- ) Todos los hombres no son iguales, 1995. Litografía. 1er Salón de Arte Contemporáneo 1995, 41.

Rolando Estévez Jordán (1953- ) Postales pornográficas y filosóficas, 1995 (conjunto). Tempera, tinta, creyón, acrílico/cartulina. 1er Salón de Arte Contemporáneo 1995, 53.

Fernando García del Toro (1966-) Desilusión, 1994. Oleo/tela. 1er Salón de Arte Contemporáneo 1995, 64.

Isidro Ricardo Quevedo (1974- ) Adàn y Eva (Sin hojas de parra) con cabeza de Cristo y cabeza de Virgen y Virgen con niño, 1995. Madera policromada. 1er Salón de Arte Contemporáneo 1995, 105.

Rafael Zarza Gonzàlez (1944-)  Golgotha, 1995. Oleo/massonite. 1er Salón de Arte Contemporáneo 1995, 128.

Ever Fonseca Cerviño (1938- ) Presencia ancestral, 1995, Óleo/Tela. 

Guijes para el Sol, 1995, Oleo/Tela.

 1er Salón de Arte Contemporáneo 1995, 59.

María Sánchez Cepero (1952-) Los caminos del pez, 1995. 1er Salón de Arte Contemporáneo 1995, 114.

Joan Capote (1977- ) El ocaso II, 1997, Oleo y acrílico/Tela.  

José Almarales Inocencia, 199?, Grafito/Tabla. De la serie “Quiso mirarse y encontró”

Omar Hechavarría González Los Jinetes del Apocalípsis, 1997, Oleo/Papel.

Homenaje al bosque, 1998, Oleo/Tela.  

La comercialización del arte, elemento característico de esta etapa, es un hecho necesario y beneficioso para los artistas y para la cultura cubana. Como mencionaba anteriormente, se logra una mayor difusión del quehacer artístico cubano y se lanza en espacios abiertos y galerías esa policromía de formas y mensajes que compone la plástica cubana actual. No obstante, no son despreciables las aristas negativas de esta nueva faceta. Junto con la obra artísticamente valiosa aparece la obra de arte carente de valor y mensaje, prostituida por el afán comercial que por suerte se reconoce por el ojo aguzado y atento a lo valioso dentro del nuevo movimiento plástico cubano. El segundo trago amargo le toca al artista más de cerca. El mercado establece, junto con la competencia promotora de desarrollo, una escala de valores que en ocasiones es comandada por figuras establecidas pero alejadas del afán renovador. Ello desestimula y puede desalentar a algunos, aunque como fenómeno es muy antiguo y muchos de los grandes pintores de la historia han tenido que enfrentarlo y vencerlo (con suerte, para algunos, en vida). 

La pintura cubana está cobrando, como resultado de todo este movimiento renovador, una nueva dimensión en el mundo del arte. Afamadas galerías y coleccionistas privados en todo el mundo se interesan por exponer y adquirir obras de pintores cubanos, sobre todo de exponentes a partir del Vanguardismo. Por ejemplo, la casa de subastas Sotheby´s, con agencias en Nueva York, Londres, Hong Kong y Ginebra, subastó el 27 de Mayo y el 23 de Noviembre de 1998 y el 3 de Junio de 1999 lotes de pintura cubana. En 1998 se subastaron 85 pinturas de 16 artistas cubanos (W. Lam, A. Peláez, M. Rodríguez, M. Carreño, D. Serves [s.XVIII], F. Ponce, V. Manuel, R. Portocarrero, L. Martínez-Pedro, C. Enríquez, E. Abela, C. Bermúdez, T. Sánchez, A. Acosta León, C. Sobrino y E. Laplante [s.XIX]. El pintor con más obras fue W. Lam con 17, alcanzando también los precios más altos (US$ 1,267, 500 por la “La mañana verde”, óleo/papel, 1943 (Sotheby´s. Latin American Art. Sale #NY7140, 27 de Mayo de 1998: lote 12) y promedios de US$232,000 y US$22,000 por óleos sobre lienzo, madera o papel y otras obras sobre papel, respectivamente; Sotheby´s 1998). En Junio de 1999 se subastaron 85 obras de 43 artistas (A. Peláez, A. Gattorno, C. Enríquez, E. Chartrand [s. XIX], W. Lam, J. Arche, R. Portocarrero, M. Carreño, C. Alfonzo, J. Bedia, V. Escobar [s. XIX], Anónimo [s. XIX], J. Gil García, L. Romañach, D. Ramos, V. Manuel, C. González, S. Cabrera, F. Ponce, M. Rodríguez, E. Abela, C. Bermúdez, R. Diago, R. Milián, T. Sánchez, C. Sobrino, R. Fabelo, P. P. Oliva, M. Mendive, E. Alvarez-Buylla, H. Calzada, M. Carbonell, W. Carmona, L. Galleti, O. García Rivero, H. Molné, E. Pujol, J. Fafart, A. Rodríguez, J. Rodríguez Radillo, L. Cruz Azaceta, J. Larraz y F. Mialhe [s. XIX]. Los pintores con más obras fueron Lam (8), Portocarrero (7) y Amelia (7). Los precios más altos los alcanzaron obras de Lam (US$ 255,500 por “Lisamona”, óleo/tela, 1950) y Amelia (US$ 233,500 por “El Balcón”, gouache/papel entretelado, 1942) (Sotheby´s. Latin American Art. Sale #NY7322, 3 de Junio de 1999: lotes 44 y 30 respectivamente; Sotheby´s 1999). Nuevamente en las subastas de Noviembre de 1999 en las casas Christie’s (The Latin American Sale, Sale #9252; Christies 1999) y Sotheby’s (Surrealist Art from Latin America, Sale #NY7383; Sotheby’s 1999) la presencia de obras pertenecientes a artistas cubanos fue notable; se subastaron obras de 34 artistas plásticos cubanos encabezados una vez más, tanto en número como en valor de las obras, por W. Lam y A. Peláez. Esto prueba el realce que va alcanzando la plástica cubana y anuncia a los nuevos y establecidos talentos la posibilidad de adentrarse en el camino de universalizar el buen arte cubano.

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