JORGE RIGOL, VANGUARDIA Y TRADICIÓN

25 08 2010

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Por  Roberto Cobas

Desde la publicación de sus primeros dibujos en 19341 se pueden apreciar en el joven Jorge Rigol dos rasgos característicos afines a toda su obra. Estos atributos que cualifican su quehacer artístico lo constituyen la actualización de un lenguaje plástico en consonancia con el pujante movimiento de la vanguardia cubana y la afinidad por la creación de un arte de carácter nacional de profundo contenido social. La combinación de ambas hacen del artista uno de los más lucidos creadores que surgen en la pléyade renovadora de los años treinta.

Sus ideas de avanzada se hacen sentir muy pronto en su obra gráfica. Junto a la exploración plástica de corrientes innovadoras en nuestro medio visualizadas en dibujos tales como Mujer desnuda, El bebedor y El payaso, surge la representación de los obreros y sus reclamos sociales, en clara sintonía con la obra revolucionaria que venía realizando Marcelo Pogolotti en Europa y ciertas zonas del quehacer de otros artistas cubanos como Arístides Fernández, Carlos Enríquez y Alberto Peña. Así, aparecen en los dibujos de Rigol un grupo de piezas de hondo carácter social y vigoroso tratamiento estético como la ilustración realizada para la revista Masas, de naturaleza anti-machadista; el Obrero, en el que emplea la mancha negra de tinta con matices expresionistas, ambas de 1934; y el Trabajador, 1935, en el que define su fortaleza a través de una depurada síntesis en el manejo del dibujo con la utilización de una línea de ángulos rectos.

Sin separarse de la orientación social dominante en su quehacer, una de sus indagaciones más importantes en los años treinta gira alrededor de la figura del negro y su cultura, visto en un amplio espectro de posibilidades expresivas. Así indaga en la singular belleza de sus rasgos étnicos como se aprecia en Negra, 1934, y Mujer, 1934-1935, y en los aportes musicales a la formación de una cultura de fuerte acento afrocubano como son los casos de Fiesta, Tocador de guitarra y Tocador de tambor. Estas obras deben ser apreciadas en un contexto de búsquedas que se extienden más allá de la plástica y en el que participan también novelistas, poetas y músicos y que alcanza un momento culminante con la publicación en 1930 de Motivos de son, de Nicolás Guillén.

La calidad e intensidad de su trabajo artístico le permiten figurar en una de las exposiciones más importantes del segundo lustro de los años treinta: la Primera exposición de Arte Moderno. Pintura y Escultura, que tiene por sede los Salones del Centro de Dependientes de La Habana, entre marzo y abril de 1937. Jorge Rigol exhibe un conjunto de diez obras junto a las más descollantes figuras de nuestra vanguardia pictórica del momento como Víctor Manuel, Amelia Peláez, Carlos Enríquez, Arístides Fernández, Antonio Gattorno, Eduardo Abela, entre otros.

El viaje de Rigol a México en 1937 constituye un acontecimiento contradictorio en su vida artística. Por una parte, le abre nuevos caminos para viabilizar sus inquietudes artísticas: Rigol viaja como otros artistas cubanos de la época con la intención de dedicarse a la pintura, animado por el pujante movimiento muralista. Sin embargo, en los años transcurridos en aquel país (1937-1945) se apodera de él la pasión por el grabado. En esta época conoce al prestigioso creador Leopoldo Méndez y aprende el arte de la estampa en el Taller de Gráfica Popular. Por otro lado, los años mexicanos lo distancian del fuerte movimiento artístico que está teniendo lugar en Cuba y que se consolida en el primer lustro de los años cuarenta con la llamada Escuela de La Habana. De hecho, Jorge Rigol -por las características de su obra- pertenece a este movimiento, pero no participa en las principales muestras de la época, como por ejemplo, la II Exposición Nacional de Pintura y Escultura (1938), El arte en Cuba (1940), 300 años de arte en Cuba (1940), la Exposición de Pintura y Escultura Moderna (1941), y un momento culminante: la histórica muestra Modern Cuban Painters, realizada en el Museo de Arte Moderno de Nueva York en 1944.

En México Rigol aprende las técnicas de la estampa realizando un interesante conjunto de grabados, pero, sin duda, lo más destacado de esta época son sus excelentes dibujos, en particular los que realiza en Toluca y sus alrededores. Esta ciudad, ubicada en el centro del país y capital del estado de México, fascina al artista al punto que en sus obras se aprecia una aproximación sensible tanto a la arquitectura urbana –Calle con iglesia, 1944- como a sus macizos montañosos. La ciudad se encuentra dentro de la Región de Sierras Templadas, poseyendo la mayor altitud de México sobre el nivel del mar. De ahí que la inquietud artística de Rigol se vuelca en aprehender la belleza de la región con una síntesis admirable como se aprecia en Nevado de Toluca, 1944.

A su regreso a Cuba en diciembre de 1945 su actividad plástica se dirige fundamentalmente a la ilustración de libros, ocupación que lo acompañará durante el resto de su vida artística. Ya en México había ilustrado en 1945 San Abul de Montecallado, de Félix Pita Rodríguez, Taita, diga usted cómo de Onelio Jorge Cardoso y No sé quién soy, de Lino Novás Calvo. Posteriormente ilustra Los Valedontes (1953), de Alcides Iznaga; Tobías (1955), de Pita Rodríguez así como Mi casa en la tierra (1956), de Loló de la Torriente. También su labor ilustrativa se hace sentir en publicaciones periódicas de gran circulación nacional como Carteles y Bohemia.    

En el primer lustro de los años cincuenta se destaca su obra como grabador, vinculado a la Asociación de Grabadores de Cuba, agrupación surgida en diciembre de 1949. Utiliza de manera destacada la técnica del linóleo con la cual realiza un conjunto de sobresalientes estampas. A través de esta técnica su maestría en el dibujo adquiere profundidad con la ilusión del volumen mediante la perspectiva. Su imaginación le permite remitirse a asuntos que van más allá de la realidad inmediata, explorando diversos temas como el literario con La noche del poeta y Retrato imaginario de François Villon; el social, con Pescador y Macheteros; el costumbrista en Mujer en la hamaca,  y hasta el autobiográfico con El pintor y la modelo. De esta generación de sobresalientes grabadores cubanos Rigol brilla con luz propia como una de las figuras más destacadas de ese movimiento.

El grabador deja, a su vez, una huella indeleble en el Rigol dibujante. Así, en 1957 el artista concibe un conjunto de dibujos que constituyen una sorpresa en su quehacer artístico. De sus obras concebidas en los años treinta en las que predomina una línea de exquisita síntesis, pasa a un dibujo denso, de construcción volumétrica, casi escultórica. Usa la pluma de fieltro para obtener trazos de matices dramáticos. Con una visión realista refleja con profunda emoción el universo campesino. De esta manera aparecen el lirismo contenido en Pareja campesina, la visión tierna de Niño campesino, la lozanía de la Recogedora de tomates. El conjunto en su totalidad conforma una imagen compleja, con sus luces y sus sombras del campo cubano en los años previos al triunfo de la Revolución. Tal como señala Felix Pita Rodríguez al referirse a esta serie: “Su realismo sigue siendo creador, libre de toda traba formalista o académica, pero su modo expresivo es de revelación más clara y precisa. De aquí su mayor fuerza plástica, su poder emocional más hondo.”2

 Transcurren algunos años y Rigol continúa trabajando el dibujo y la ilustración y exhibiendo su obra en exposiciones como la realizada en el Museo Nacional de Bellas Artes en enero de 1962.  Pero, sin dudas su último gran ciclo creativo lo constituirá la serie de 26 dibujos que realiza sobre Vietnam. En estos dibujos Rigol retorna a una simplificación de la línea, los rasgos de sus personajes aparecen en una síntesis magistral conformando un universo poético, mediante el cual capta el vivir cotidiano de un pueblo valeroso que enfrenta con serenidad absoluta los avatares de la guerra.  

Esta exposición es un nuevo acercamiento a la obra de Jorge Rigol, uno de los más notables dibujantes y grabadores del siglo XX en Cuba. La maestría en el dibujo llegó tempranamente a este artista quien supo adecuarla a una sensibilidad apasionada y reflexiva a la vez. Es mediante ese talento singular que en sus obras queda recogida la impronta de cada época que le tocó vivir, no sólo con la sinceridad profunda de su quehacer artístico sino también con merecida fuerza emocional. En su trabajo prevalece lo humano sobre toda contingencia y es, precisamente, en esta proyección social donde encontramos la mejor enseñanza que el artista nos deja como legado de perennidad. 

Roberto Cobas Amate

La Habana, marzo de 2010   

1 Ya Rigol había realizado algunas obras anteriores como un hermoso retrato de mujer fechado en 1926 que pertenece a la colección de su sobrina Isabel Rigol.

2 Felix Pita Rodríguez. “Jorge Rigol y el rostro de su pueblo”.  Bohemia, La Habana, 14 de enero de 1962, pp. 52-53.

 

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