EXPONEN EN GUADALAJARA, ESPAÑA, EL APOSTOLADO DE EL GRECO

24 09 2010

Por : Redacción de ArtCuba.com

 Trece obras maestras de Doménikos Theotokópoulos, conocido como El Greco (El Griego) (Candía, 1541 – Toledo, 1614), El Apostolado y El Salvador, se exponen actualmente en el Museo de Guadalajara (España) , donde ha causado gran interés del público.

La muestra se centra en las dos interpretaciones que han suscitado los lienzos de un pintor del final del Renacimiento que desarrolló un estilo muy personal en sus obras,  figura clave en la Historia del Arte: la que hicieron sus contemporáneos, en plena campaña contra la Reforma luterana, y la que suscitaron durante los primeros años del siglo XX dos científicos: el pedagogo Bartolomé Cossío y el médico Gregorio Marañón. 

EL APOSTOLADO DEL GRECO

Bullían por Toledo refugiados griegos en busca de ayuda financiera con el fin de rescatar a sus familiares prisioneros por los turcos. En esta campaña participó activamente el Greco y probablemente escogió para esta colección de figuras los rostros distorsionados, con rictus de pesadumbre, de sus paisanos; rostros pensantes, con presencia firme, que nos miran desde dentro y producen la impresión de haber sido recortados de otro lugar y colocados sobre cuerpos ajenos, levitantes. La técnica veneciana de Tintoretto y Tiziano da relieve al rostro y a las manos, iluminados sobre un fondo oscuro. Manos “aladas”, como Homero llamaba a las palabras; rostros donde se concentran, como en un mapa, las líneas de unos esquemas biográficos. (“En este tema no tuvo rival” escribió Pacheco).

Manos y rostros sobre unos cuerpos asexuados en ascensión y huida, sin atmósfera ni suelo. En cada figura los símbolos y los atributos de estos apóstoles; una norma tan familiar en la devoción popular que según la leyenda, el pueblo toledano llegó a burlarse de algún pintor que acostumbraba a distribuir con tal desconcierto tales símbolos en las manos de los santos, que no se les caían, casi por milagro.

Pocos pintores han sabido plasmar con tal transparencia la verdad y el secreto de las manos, obedientes y humildes; como en unos escorzos, casi cubistas, el Greco sabe leer en ellas. La quiromancia hermética del Renacimiento sostenía que los hombres, antes de sostener y contemplar un libro en sus manos, lo primero que leyeron fue sus propias manos.

Manos liberadas, orantes, andróginas; vuelan, como pájaros perdidos, sobre el color de un cuerpo; pueden ser tocadas, pero su energía espiritual no tocan nada. Manos místicas, iluminadas como antorchas en medio de la noche sobre el cuerpo de la tierra; en expresión de Ortega y Gasset, materia en combustión para transformarse en espíritu. Resultando una pintura con gerundios: haciéndose, en génesis y en evaporación.

Reverdece su pasado de pintor bizantino de iconos en la isla de Creta y en la Imperial Toledo arquetipo de ciudad oriental y misteriosa alcanza su plenitud, como el mejor representante pictórico del misticismo español de la época, a pesar de que el rey Felipe II le despidiera porque sus figuras y composiciones no le invitaban a la oración.

Esta colección compuesta de 13 figuras: los doce apóstoles y la de Jesucristo, colocadas sobre cada pilastra de la Sacristía; sería la primera de todas las colecciones repetidas entre 1605 y 1610; fue comprada por el Cabildo tras morir el Greco.

Está presidida por una gran unidad de estilo, con ligeras variantes: figuras de medio cuerpo, casi impresionistas; como sombras fugaces, imagen del doble y del alma en la mentalidad egipcia y oriental (“Creta es la isla vuelta hacia el Oriente” había escrito Homero); sorprendidas en estado de levitación; con cabeza pequeña en elevación trascendente; las manos como ráfagas luminosas de Pentecostés hablan, conectan, suplican; sin tocar ellas nada, sí pueden ser tocadas; figuras como bocetos sobre fondos oscuros, sin detenerse en detalles; en colores apagados cómo si de unas existencias ajenas a este mundo se tratara.

Si el Renacimiento pintaba al Apostolado agrupado en la Cena, el Greco,.con su espíritu contrarreformista, optó por un tratamiento individual plasmando en sus cuadros las almas de los apóstoles que parece que gritan: “más alto.

Hasta los 26 años El Greco vivió en Creta, donde fue un apreciado maestro de iconos en el estilo pos bizantino vigente en la isla. Después residió diez años en Italia, donde se transformó en un pintor renacentista, primero en Venecia, asumiendo plenamente el estilo de Tiziano y Tintoretto, y después en Roma, estudiando el manierismo de Miguel Ángel. En 1577 se estableció en Toledo (España), donde vivió y trabajó el resto de su vida.

Su formación pictórica fue compleja, obtenida en tres focos culturales muy distintos: su primera formación bizantina fue la causante de importantes aspectos de su estilo que florecieron en su madurez; la segunda la obtuvo en Venecia de los pintores del alto renacimiento, especialmente de Tiziano, aprendiendo la pintura al óleo y su gama de colores —él siempre se consideró parte de la escuela veneciana—; por último, su estancia en Roma le permitió conocer la obra de Miguel Ángel y el manierismo, que se convirtió en su estilo vital, interpretado de una forma autónoma.

San Judas, de la serie apostólica de El Greco

San Judas, de la serie apostólica de El Greco

Su obra la componen grandes lienzos para retablos de iglesias, numerosos cuadros de devoción para instituciones religiosas -en los que a menudo participó su taller- y un grupo de retratos considerados del máximo nivel. En sus primeras obras maestras españolas se aprecia la influencia de sus maestros italianos. Sin embargo, pronto evolucionó hacia un estilo personal caracterizado por sus figuras manieristas extraordinariamente alargadas con iluminación propia, delgadas, fantasmales, muy expresivas, en ambientes indefinidos y una gama de colores buscando los contrastes. Este estilo se identificó con el espíritu de la Contrarreforma y se fue extremando en sus últimos años.

Actualmente está considerado uno de los artistas más grandes de la civilización occidental. Esta alta consideración es reciente y se ha ido formando en los últimos cien años, cambiando la apreciación sobre su pintura formada en los dos siglos y medio que siguieron a su muerte, en que llegó a considerarse un pintor excéntrico y marginal en la historia del arte.

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