El gran trofeo de Adrián

4 12 2010

Por Jorge Rivas Rodríguez                                                                  

Desde muy pequeño Adrián sintió vocación por el kárate. A los seis años de edad había convencido a sus padres de su entonces irrenunciable afición por este deporte que comenzó a practicar, primero, con sus amigos del barrio, muchas veces inspirado en algunas de las películas de su preferencia sobre este género, y posteriormente bajo la asesoría del entrenador Jorge El Pluma, reconocido en el municipio capitalino de Playa por su destreza en la iniciación de los infantes en las artes marciales.

Prontamente, el inquieto muchacho se destacó como prometedor deportista, en tanto cursaba sus primeros años de estudios secundarios en la escuela Enrique Masa, donde sus cualidades para desarrollar este milenario ejercicio eran seguidas muy de cerca por Carlos Camejo, director de ese centro, quien lo estimuló a que se trasladara como docente para la Escuela de Iniciación Deportiva (EIDE) Mártires de Barbados, donde continuaría los estudios correspondiente al octavo grado.

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Adrián Martín Montes, a los 13 años de edad, veía realizado uno de sus más grandes anhelos. Su entrega, disciplina e interés por convertirse en un deportista de alto rendimiento le propiciaron saborear el triunfo: en su primera competencia se alzó con medalla de Bronce; después, vendrían las preseas de Plata, para posteriormente situar sobre su cuello, recurrentes y merecidas, las medallas de Oro. Importantes encuentros, correspondientes a su categoría, en prestigiosas salas de La Habana, como la Kid Chocolate y Ciudad Libertad, así como en otras plazas del resto de la Isla, como en Guantánamo y Matanzas, Adrián fue proclamado vencedor cuando apenas comenzaba a transitar por su decimocuarto año de vida.

El repetido triunfo del persistente karateca, portador ya de la ansiada cinta negra, hizo que sus compañeros le bautizaran con el mote de Mano de Hierro.

Transcurría así la vida de quien soñaba ser, para gloria de su país, medallista olímpico. Convencido de que solo el esfuerzo y el entrenamiento constantes le propiciarían alcanzar semejante proeza, Adrián se entregó por completo a la férrea doctrina que impone tal reto. Pero un fatídico día, como castillos de naipes que se desmoronan al viento, sus ansias devinieron dolor y pena. Tras el rutinario pesquizaje médico al cual fue sometido, debido a una lesión provocada en su pierna derecha durante una jornada de entrenamiento, se le detectó una tumoración que definitivamente exigía su súbita retirada del deporte. El dinámico adolescente, inseguro y perplejo ante tan inesperada circunstancia,  no encontraba consuelo ni aliento que le hiciera resignarse a su nueva condición física.

Primeramente fue atendido en el Hospital infantil Juan Manuel Márquez, donde en cada encuentro con el Doctor Leonardo ―prestigioso especialista en Ortopedia, quien le detectó e inició el tratamiento para su enfermedad―,  lo convencía que era imprescindible reencausar su vida y descubrir dentro de sí otras vocaciones hasta ahora inexploradas en sus pocos años de existencia. Poco después Adrián ingresó en la sala de pediatría del Instituto Nacional de Oncología y Radio Biología (INORB), de Ciudad de La Habana, donde un reconocido equipo de médicos, enfermeros y trabajadores de la salud también contribuyeron a que el virtuoso karateca entregara ahora todo su empeño y energías en salvar su vida, ya que era imprescindible realizar la amputación de su miembro inferior derecho, con el fin de detener el paulatino avance de la enfermedad.

La aflicción del pequeño ensombreció su semblante y apagó la frecuente sonrisa que lo iluminaba. Pero se impuso la inteligencia, sabiduría y destreza que caracteriza a los profesionales del Hospital Oncológico. Muy pronto  Adrián se familiarizó con el equipo médico y paramédico que estaba a su cargo, cuyos nombres jamás olvidará: el profesor Renot, y los  doctores Alina, la cirujana; Glenda, Carlos, John, y Deborah, la psicóloga, así como Daynne, jefa de la sala de enfermería, y sus colegas Rafael, Anniel, Paul y Lisandra, esta última especialmente admirada por él, debido a su  cariñosa y carismática entrega; grupo entre el cual también recuerda a Bombón, la complaciente auxiliar de limpieza de la sala. Todos ellos lograron, de conjunto,  que un nuevo rayo de luz irradiara desde el rostro del muchacho, mediante un extraordinario trabajo de persuasión y de búsquedas de alternativas psicológicas y humanas que hicieron posible que éste se enfrentara a su realidad existencial de un modo menos traumático y con absoluta fe y esperanza en el futuro.

De tal forma, volvieron a los pensamientos del niño otros felices momentos pasados en su aún incipiente historia personal; entre los que echó anclas en un lúdico proyecto emprendido junto a su amigo y compañero de aula, Juan Pedro (Chuchú) Sarracino Otero, con quien formó el dúo de reggaetón Zona de Relajo, con el asesoramiento de dos figuras del pentagrama nacional muy admiradas por ellos: El Micha y Alain Daniel, este último devenido paradigma en la común idea de ambos chicos de trascender con su música entre los amigos del barrio.

LA VIDA CAMBIA DE GIRO

En sus pacientes horas en la animada sala de pediatría donde aguarda por su rehabilitación, Adrián encontró un alucinante tema de conversación entre los nuevos amigos que corrían similares o mayores desventuras que las de él: la música, y en particular el reggaetón tan de moda entre los adolescentes y jóvenes, género al que ahora enrumbaría sus sueños.

La plática no pocas veces giraba en torno a Alain Daniel, un músico que aunque promovía la salsa era el que más discos había grabado, a dúo, con los mejores exponentes del reggaetón en Cuba. Varios muchachos y sus padres acompañantes, en ocasiones rememoraban algunos de los números más populares del joven compositor e intérprete,  entre ellos los pegajosos  temas La Miki, El zorreo, La negra tiene bum bum y El de siempre.

Adrián, con evidente orgullo por su estrecha amistad con Alain Daniel, era centro de la conversación en la que alternaba sus criterios con algunos de sus más allegados compañeros de cuarto, entre ellos Jennifer, El Guille, y Carmita, los que de vez en cuando eran alentados por los elogios hacia el músico de sus respectivas madres Daylín, Deleda y Juana. Anabel, desde un lugar más distante, hablaba con cierto rubor infantil sobre el carismático salsero de prestigio internacional.

Poco a poco fueron agrandándose las renovadas ilusiones del muchacho, que también ofrecía detalles de su trabajo musical al lado de Chuchú. Ambos integraban este dúo de reggeatoneros que se identificaba como El Bala y El Yawó, cuyo desempeño musical ha estado seguido muy de cerca por El Micha y Alain Daniel, este último interesado en realizar varios montajes con ellos, y así dar a conocer algunas de sus piezas, en su mayoría pertenecientes a la autoría de Adrián; en tanto la joven realizadora Haydee Otero tiene entre sus proyectos dirigir y producir un video sobre el sorprendente talento musical de estos chicos.

Transcurrían así los esperanzadores proyectos de Adrián, evidentemente entusiasmado con los nuevos caminos que se abrían ante sí. Entretanto, Alain Daniel, que desde su gira por el exterior seguía paso a paso la evolución de su pequeño admirador, se había hecho el propósito de que, inmediatamente después de retornar a la Isla, lo visitaría en su transitoria permanencia en el Hospital Oncológico.

FELIZ REENCUENTRO CON UN ÍDOLO

Y llegó el feliz día en que el ídolo renunció a su agenda rutinaria de trabajo, y también a sus ensayos, para dedicar varias horas a dialogar con Adrián y sus amigos en la sala de pediatría de la prestigiosa institución cuyos médicos y demás trabajadores le habían devuelto sus esperanzas en el futuro y su deslumbrante y onírico sentido de la vida.

Como otras grandes personalidades de la cultura cubana que también han ofrecido lo mejor de sí en este tipo de encuentros con los niños ingresados en la sala de pediatría del Hospital Oncológico, Alain Daniel compartió experiencias, aventuras y alegrías con los infantes, en cuyos rostros se dibujaban sueños, ilusiones y risas promovidas por el simpático joven que impuso entre ellos su vigorosa presencia artística y humana.

Con la misma sencillez y extraordinaria simpatía con que logra establecer rápida comunicación con sus auditorios el afamado cantautor no solo habló de su labor con el dúo Zona de Relajo y el entusiasmo de sus integrantes El Bala y El Yawó, empresa de la que todavía queda mucho por hacer en beneficio de una música preferida por los jóvenes; sino también conversó con el resto de los muchachos, padres, médicos, enfermeros y trabajadores de ese hospital, allí reunidos, sobre sus éxitos y el prestigio de la música cubana en todo el mundo.

Llegó la tarde y con ella el recogimiento que exige el hospital a sus pacientes ingresados. Apenas se escuchan inevitables murmullos, risas y picarescas expresiones de los muchachos de la sala de pediatría, quienes rememoran algunas de las anécdotas y expresiones dejadas entre ellos por Alain Daniel, el amigo que prometió un nuevo encuentro, quizás acompañado por el dúo Zona de Relajo.

Adrián, silencioso y agradecido, aquella noche casi no pudo dormir. Sabía que una fuerza superior a él le había devuelto sus casi perdidas ilusiones en el futuro. Fue la energía, el aliento y la fe que emanaron de la gran nobleza humana y del incalculable valor social y ético de los médicos, paramédicos y trabajadores de la salud que lo han atendido en este tiempo, así como de creadores como Alain Daniel que apuestan, ante todo, por la felicidad y el mejoramiento de las condiciones de vida de la infancia.

Y ya se preparan Carlos Camejo y su claustro de profesores de la escuela Enrique Masa para reabrir las puertas de este centro al entusiasta karateca que un día partió para ganar decenas de medallas durante su breve paso por la EIDE Mártires de Barbados, y que ahora retorna, invencible como Changó, con el mayor de los trofeos: su gran triunfo por la vida.

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