Amelia Peláez, una mirada retrospectiva

18 01 2011

Por: Jorge Rivas Rodríguez

En ocasión del aniversario 115 de una de las pintoras más importantes de la vanguardia artística en la Isla, el Museo Nacional de Bellas Artes de La Habana abre su programa de exposiciones del año 2011 con una muestra retrospectiva de Amelia Peláez (Yaguajay, Las Villas, 1896- La Habana, 1968).

“Amelia Peláez, una mirada retrospectiva”

“Amelia Peláez, una mirada retrospectiva”

Roberto Cobas, curador de esta exhibición que se presenta bajo el título de “Amelia Peláez, una mirada retrospectiva”, dijo que se trata de un conjunto retrospectivo que incluye alguno de sus primeros trabajos en el arte contemporáneo tras su regreso de París en la segunda década del pasado siglo, obras de transición entre el arte cultivado por ella antes y después de su estancia en la Ciudad Luz y otras valiosas piezas realizadas por la gran artífice durante los años  40, 50 y 60.

El reconocido especialista en arte cubano, recordó además que hace tres lustros no se exhiben en Cuba obras de Amelia Peláez. La presente exhibición  abrirá sus puertas el 4 de febrero próximo, a las 4:00 pm, en el Edificio de Arte Cubano del MNBA donde se mostrarán 40 de sus pinturas y dibujos, algunos muy poco conocidos y que abarcan desde 1926 hasta 1966, un año antes de su deceso.
Moraima Clavijo, directora del MNBA, dijo que el año anterior esa institución cerró con más de 100 mil visitantes y dos muestras de excepción como fueron Todas las esculturas de Degas y del Arte Contemporáneo Chino.
El 5 de enero último se conmemoró el 115 aniversario del natalicio de Amelia Peláez del Casal, una pintora que desde muy joven dirigió sus esfuerzos hacia la búsqueda de un personalísimo estilo que definitivamente se nutrió del rico universo cubista para establecer un enjundioso entretejido de colores y tonos muy personales, que le permitió entrar en el complejo mundo de la creación artística como una de las más prestigiosas figuras del arte insular del pasado siglo.

En 1915  Amelia, ya joven, se trasladó a vivir en la barriada de La Víbora, en La Habana, donde su familia, perteneciente a la burguesía de la entonces provincia de Las Villas y emparentada con ilustres personalidades de la cultura habanera —entre ellos el afamado poeta Julián del Casal, su tío materno—, decidió mudarse a una casona de arquitectura colonial en la capital. Este cambio de residencia le posibilitó, un año después, ingresar en la Academia de Bellas Artes de San Alejandro, prestigiosa institución que por ese tiempo arribaba a su primer siglo de existencia.

Allí estudió hasta el curso 1926-1927, al cual arribó con la categoría de Matrícula de Honor. Fue un período de trascendental importancia en su formación profesional, durante el cual estuvo estrechamente vinculada a su profesor de colorido Leopoldo Romañach (1862-1951), notable pintor cubano que la consideró su “alumna predilecta” y de quien recibió valiosas influencias artísticas, sobre todo las relacionadas con el movimiento academicista que aun imperaba en esa institución en las primeras décadas del pasado siglo.

A pesar de su rango social, Amelia no era una muchacha presuntuosa o engreída. Todo lo contrario, su carácter más bien introvertido, retraído, le indujeron a buscar en la expresión artística su mejor modo de comunicarse con los demás. Por supuesto, tal pretensión en aquellos tiempos en los que el ejercicio de las artes plásticas era un asunto  más bien propio del interés de  los hombres, no fue nada fácil para la soñadora y persistente artífice que, con su talento e imaginación creadora, se impuso a las hostilidades de su medio hasta lograr alcanzar y superar a muchos de sus colegas hombres contemporáneos.

Entre esas adversidades, se recuerdan sus limitaciones para estudiar en la Escuela de Artes, en la cual las damas no podían asistir a las sesiones donde posaban modelos masculinos desnudos. De tal manera, su férrea formación está muy marcada por la resistencia a los cánones sociales que por entonces igualmente regían el arte realizado por las féminas, cuyas iconografías debían de tener como centro de sus discursos cuestiones agradables, tranquilas, hermosas y plácidas, en correspondencia con su categoría socio-económica. Contra esas arbitrariedades se  rebeló la creación de Amelia, lo cual la hizo una personalidad diferente, no solo dentro del arte sino también entre la burguesía habanera.

A pesar de tener bien definida esa concepción sobre la vida y el arte, Amelia realizó su primera muestra personal en La Habana, en 1924, para la cual trabajó el paisaje romántico, más bien a tono con las exigencias sociales de su tiempo. Poco después, en ese mismo año, obtuvo una beca que le posibilito viajar a Estados Unidos e ingresar en el The Art Students’ League de Nueva York, donde estudió  dibujo antiguo y dibujo del natural con el profesor George C. Bridgman, experiencia que, paradójicamente, no proporcionó cambios relevantes en el desarrollo ulterior de su pintura.

Un acontecimiento  esperado por ella, y devenido esencial en su vida personal y artística se produjo en 1927, cuando otra beca le sorprendió y le permitiría realizar el sueño de todo creador cubano de esa época: conocer y estudiar en Europa.

Esta posibilidad le facilitó recorrer varios países de ese continente, entre ellos España, donde quedó admirada ante las pinturas de Velázquez y Zurbarán en el Museo del Prado. Durante este tiempo visitó Mallorca, de vacaciones y dejó allí una serie de apuntes que posteriormente desarrolló en sus obras.

Su periplo abarcó también a Alemania, Italia, Checoslovaquia y Hungría, en los cuales se interesó por las obras de los grandes maestros y por la espléndida arquitectura europea, sobre todo la del Renacimiento. Finalmente se radicó en París. En la Ciudad Luz asistió a los cursos libres de dibujo de la Grande Chaumière, a la Escuela Nacional Superior de Bellas Artes y a la Escuela del Louvre, donde también estudió dibujo e historia del arte. Recorrió el Museo del Louvre, suntuosa institución en la que también realizó apuntes de dibujo y pintura.

Durante sus años de permanencia en el Viejo Continente, Amelia tuvo contacto directo con la vanguardia, entre ellos con pintores tan famosos como Picasso —el que más influyó en su obra—, Matisse y Léger.

También estableció relación con la reconocida artista  rusa Alexandra Exter , de quien ella, junto a su hermano Manolo y Lydia Cabrera, reciben  clases de composición, teoría del color, diseño y escenografía. Esos estudios constituyeron la etapa más decisiva en su formación europea, en la cual influyó además la sabia de todos los grandes artistas con los que se relacionó allí. Sus trabajos pictóricos, a partir de entonces, están signados por los beneficios que le proporcionaron, en su madurez, esa interrelación  con el arte y la cultura europeos. Pero, entre todos, Amelia valoró muy particularmente las enseñanzas de la Exter: “A ella le debo, dijo, mi mayor adelanto y conocimiento técnico”.

Poco tiempo después, el 31 de diciembre de 1936, la propia Alexandra Exter reconoció: “En mi grande y larga práctica de la enseñanza Mlle. Amelia Peláez y del Casal ha sido uno de los alumnos más personales y dotados con los que me he encontrado (…). Obligada desgraciadamente a regresar a Cuba, ha tenido que interrumpir su actividad artística y su afirmación como pintor de primer orden”. (1)

Sobre las capacidades potenciales de Amelia para pintar al fresco, la prestigiosa profesora dijo: “…las construcciones modernas con sus grandes superficies limpias y claras presentan para el fresco un campo que no ha sido bastante utilizado y que requiere, según mi opinión, de búsquedas desde el punto de vista de la concepción moderna de la pintura. Pienso que Amelia Peláez y del Casal presenta mucha disposición para el estudio del fresco, porque la forma de su pintura es muy sintetizada y su búsqueda de las grandes líneas de la composición es siempre limpia y bella”. (2)

En 1932 terminó su nombramiento oficial para realizar estudios en Francia. Entonces su madre le apoyó económicamente para que prolongara su estancia allí y en 1933 realiza  una gran exposición en la Galería Zak de París, la cual fue presentada por  el insigne crítico  francés Francis de Miomandre. En esa muestra presentó 38 piezas —pinturas y gouaches—  de desnudos, paisajes y naturalezas muertas con peces, flores y frutas. La muestra constituyó resumen de sus años en Europa y a través de ella podían admirarse los cambios y variedad de direcciones que adquirieron sus trabajos tras la experiencia adquirida en ese profundo período de aprendizaje, de compenetración y reconocimiento del modernismo, embrión que definió su estilo en su ulterior ejercicio plástico. La crítica parisina se hizo eco de la exposición, sobre la cual André Salmón apuntó: “…es una pintora que, de primer golpe, se coloca en el rango de aquellos que hay que seguir”.

 Al año siguiente en la galería Myrbor  participó en la colectiva titulada Libros manuscritos, como creadora de las imágenes del volumen Siete poemas, de Léon Paul Fargue. Durante toda su vida artística, Amelia fue una de las más reconocidas ilustradoras de textos impresos en la Isla —revistas y libros—, entre los que sobresalen sus trabajos para Orígenes, Nadie Parecía y Espuela de Plata, así como para las ediciones de Cecilia Valdés o La Loma del Ángel, de Cirilio Villaverde, y Poemas selectos de Zenea, entre otros muchos.

En 1934 regresó a La Habana procedente de París. Se radicó en su residencia de La Víbora —construida en 1912—, la cual después de su fallecimiento fue declarada Patrimonio Cultural de Cuba, categoría alcanzada tanto por los legados que desde allí hizo ella a la cultura nacional, sobre todo por haber desarrollado un estilo muy peculiar de alguna manera interrelacionado con el art novó catalán; además de las recurrentes tertulias y encuentros que reunían en aquel sitio a prestigiosos exponentes de las artes todas de la Isla.

En 1935 expuso en el Lyceum de La Habana una selección de obras traídas de Francia. En las palabras del catálogo el prestigioso intelectual José María Chacón y Calvo expresó: “…Yo vi a la joven artista en su vida de trabajo. Supe de su austeridad y de su cotidiano empeño. Comprendí que aquella ilusión artística, que el hondo fervor de aquel espíritu, podían ser aliados de la artesanía, del aprendizaje minucioso e inflexible de una técnica necesaria. Vi a esta pintora de flores, peces, de sombras y paisajes marinos, envuelta siempre en un ambiente de silencio y de perfecta soledad. Adiviné, entonces, todo lo que hay de mística inmersión en esta noble existencia. Como testigo de aquel tiempo escribo aquí estas líneas”. (3)

En una exposición realizada en esa misma institución, al año siguiente, aparecen los primeros óleos realizados en Cuba  tras su regreso de Europa. La muestra incluyó obras de ambos períodos.

Durante las investigaciones realizadas para la realización de este texto, encontramos las palabras escritas por el notable escritor Emilio Ballagas, quien en un artículo periodístico señaló que “…Amelia Peláez ha llegado a su seguridad artística por gracia y por obra. La gracia —sensibilidad e intuición— en ella nativa, huelga explicarla y se manifiesta siempre en la delicadeza de los asuntos, en la habilidad para traerlos siempre a una zona de asuntos o en la habilidad para traerlos siempre a una zona de delicadeza dentro del aura espiritual que la envuelve a ella misma. La obra, la labor es de otra naturaleza menos simple, más explicable también y más susceptible a la controversia de opiniones. Amelia Peláez ha afirmado sus cualidades nativas; ha convertido la facilidad en esfuerzo, ha llevado a la plástica eso que Valéry preconiza dentro de la literatura, estudiar, colocar sabiamente, calcular, crearse obstáculos que vencer, ordenar las cosas implacablemente…” (4)

 Los 30 años siguientes fueron ascendentes en la vida artística de la insigne pintora cubana.  En 1937 es nombrada profesora del Ensayo Experimental del Estudio Libre para Pintores y Escultores, y en 1945 es nombrada maestra especial de dibujo en el Distrito Escolar de La Habana. Al siguiente año ejerce en la Escuela Nocturna Nro. 66, de la barriada habanera del Cerro. Entretanto,  su obra comienza a ganar notoriedad en las artes plásticas de la Isla, dedicación que le permite alcanzar varios premios en salones nacionales e ilustrar infinidad de libros y revistas (5).

Un importante acontecimiento en la vida de Amelia —y en la de otros pintores de la vanguardia cubana— se produjo entre marzo y abril de 1943 cuando el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MOMA) programó una exposición de pintores cubanos, la cual fue organizada y curada por José Gómez Sicre. El conjunto estaba integrado por unos 80 óleos, dibujos y acuarelas de Fidelio Ponce, Carlos Enríquez, Mario Carreño, Cundo Bermúdez y ella. Esta constituyó la primera gran muestra de arte cubano exhibida en los Estados Unidos.

A mediados del pasado siglo, Amelia Peláez era una artista totalmente consagrada. Su obra, realizada desde posiciones muy comprometidas con el cubismo sintético, se caracterizaba, ante todo, por su sentido cromático extraordinariamente auténtico, único en el amplio cosmos de la pintura cubana de esos años. En sus cuadros el espectador disfruta de la mágica fusión de colores a veces antagónicos, cálidos y fríos: rojos intensos, verdes ensombrecidos, azules fuertes, y diversidad de ocres. “Siempre he tratado de captar la luz de Cuba, y en el trópico, lo cubano”, dijo la pintora en una ocasión. 

Amelia, como bien se ha dicho, no hubiera podido pintar en cualquier otra parte del mundo por una razón imponderable: la acendrada luz de su cubanía, en la cual —vale añadir— igualmente están presentes las artes decorativas de la Isla en el Siglo XIX, cuyas referencias son recurrentes a lo largo de toda su carrera: vitrales, columnas barrocas, rejas, medios puntos, vidrierías, mamparas, universo representativo de una cultura que como nadie ella supo entretejer con emblemáticas  frutas, flores, y animales del Trópico.

 En 1950, la artífice  comienza a incursionar en la cerámica en un taller que había reunido, con igual propósito, a destacados exponentes del arte de la vanguardia, tales como Wifredo Lam, René Portocarrero, Mariano Rodríguez y otros. Se producía un gran suceso en la historia de las artes visuales de la Isla: el desarrollo de la cerámica artística, conducida por el doctor Juan Miguel Rodríguez de la Cruz, un médico que había instalado una fábrica-estudio en la periferia —a unos 20 kilómetros— de La Habana, en Santiago de las Vegas.

Amelia Peláez alterna sus producciones pictóricas con trabajos realizados en barro, los cuales están considerados con justeza total como iniciadores del surgimiento de una nueva forma de arte, criterio sustentado, ante todo, por sus labores de decoración de las formas de la alfarería tradicional.  La resonancia nacional de su quehacer en este género, la promueve al frente de un significativo proyecto artístico a través del cual comienza a realizar estudios de las posibilidades expresivas de la pasta blanca porosa.

La cerámica abrió el horizonte artístico de Amelia hasta límites inimaginables entonces. Sus obras se manifestaban desde pequeñas vasijas y recipientes de arcilla, hasta una prolífica producción a escala ambiental de placas y losas destinadas esencialmente a la construcción de enormes  murales en edificios públicos de La Habana, entre los que sobresalen los del Hotel Habana-Hilton (hoy Habana Libre) y el realizado en el edificio del Tribunal de Cuentas, donde hoy radica, en la antigua Plaza Cívica (hoy Plaza de la Revolución José Martí)  el Ministerio del Interior, además de otros emplazados en la escuela José Miguel Gómez de La Habana, la Escuela Normal de Santa Clara y el Mural transportable de El Caney, en Santiago de Cuba, así como en el vestíbulo del Edificio Esso, en el Edificio de la Comunidad Hebrea, en el Vedado, y en la capilla de la Casa Salesiana Rosa Pérez Velasco, en Santa Clara, con la figura central de San Juan Bosco, entre otros muchos proyectos.  El último de los murales en que participó fue el de creación colectiva,  concebido con motivo de la inauguración, en la capital cubana, del XXIII Salón de Mayo de París.

Otro de los valores más significativos de su obra en cerámica, es el haber logrado adjudicar a sencillas piezas confeccionadas con ese material un alto valor espiritual, ya que, mediante la intervención de pictografías, devinieron en objetos de arte de gran significado. En ese sentido, en muchas de sus piezas en barro se observa el ingenio para sacar el mayor provecho expresivo a este tipo de iconografía, de cuyos ensayos estableció un novedoso método que permite pintar sobre las superficies curvas con mayor facilidad. Las Bienales de Sao Paulo y Venecia recibieron con agrado varias de sus obras en cerámica, las cuales también fueron celebradas por la crítica y codiciadas entre los coleccionistas de diferentes latitudes.

La realización de murales y cerámicas artísticas, labor que en su carrera tuvo máximo esplendor entre los años 1950 y 1958, evidentemente influyeron en la adopción de algunos cambios importantes en su obra plástica, entre ellos la creación de una nueva tipología femenina, un creciente interés por la abstracción y la simplificación geométrica, además de un diferente manejo del espacio, y marcadas diferencias en la dinámica del color, en relación con las etapas precedentes.

Muchos de los temas o motivos que inspiraron sus lienzos y temperas, fueron llevados por la artista a los nuevos soportes de barro, en los que sus naturalezas muertas, frutas, flores, perfiles femeninos, y animales adquieren nuevas expresividades en una suerte de diálogo entre la pintura y la cerámica, del cual trasciende un sólido dominio y experiencia de la técnica entre ambos géneros, el cual puede observarse en varios de sus trabajos.

De tal forma, Amelia construye sus discursos  pictóricos sobre los objetos de arcilla, a través de una mirada diferente, con una expresividad ajustada al nuevo soporte y a sus características morfológicas. Sus pinturas sobre cartulina, lienzo o barro, perpetuarán un aspecto emblemático en toda su producción artística: la reiterada recreación de los elementos característicos del Caribe: color, luz, calor… y rasgos distintivos de la rica arquitectura colonial existente en Cuba.

La labor de la artista, junto a la de otros connotados creadores que también hicieron trascender el arte de la cerámica, contribuyó a que a partir de entonces este género de las artes visuales adquiriera otra dimensión dentro del universo de la plástica contemporánea de la isla, ya que hasta entonces había estado prácticamente relegado, ignorado, y mediante este movimiento pasó a ocupar un lugar similar al alcanzado por la pintura y la escultura.

En  toda la obra de Amelia hay un tema recurrente: la representación de la figura femenina, la cual atraviesa por un extraordinario proceso de metamorfosis pictográfica que va desde la despersonalización de la imagen hasta su esquematización, alrededor de 1940, en que su tratamiento se hace más genérico. En tal sentido en sus dibujos es frecuente observar a una mujer sin boca, pero con un ojo muy resaltado.

A principios de la década del 40, ya la obra de Amelia había trascendido  las fronteras. Es conocida no solamente en Europa, sino también en las Américas. En 1943 José Gómez Sicre y la Institución Hispano-Cubana de Cultura organizan una retrospectiva de su obra (1929-1943) con la participación de prestigiosos intelectuales, entre ellos Luis de Soto, José Antonio Portuondo, Mario Carreño, José Mañach, Herminia del Portal y Rafael Suárez. Con motivo del encuentro, fue leído un fragmento dedicado a Amelia en una conferencia que David Alfaro Siqueiros había impartido un mes antes, en esa misma institución, sobre los artistas modernos cubanos: “el ejemplo más extraordinario para los artistas cubanos y de cualquier otro país de América, de cómo debe aproximarse un artista vigoroso a las corrientes modernas de Europa”.

Muchos críticos, especialistas y estudiosos cubanos y extranjeros de la obra de Amelia, han coincidido en clasificar su producción artística en tres períodos: El primero: Cuba, la academia, 1924-1927; el segundo: París, la apropiación del modernismo 1927-1934; y por último, Cuba: Definición y desarrollo de una estética, 1934-1968.

Como hemos advertido, en cada una de estas etapas Amelia dejó su huella, la cual es superada por la siguiente, en una espiral ascendente que va revelando un modo de expresión artística muy particular , sincero y, ante todo, en correspondencia con los intereses inmediatos de la artífice, quien en una ocasión apuntó: “Hasta donde sé, mi pintura nunca ha sufrido cambios bruscos. Cuando me he visto en una encrucijada, en una problemática situación en que debía escoger entre varias posibilidades me decidí por…todos. En este sentido, como en otros, siempre he sido aventurera…”

Sin embargo, la propia formación académica y sus posteriores vínculos con la modernidad y el cubismo europeo, así como su reiterado interés por exaltar —tanto en sus dibujos, pinturas, cerámicas e ilustraciones— los valores más significativos de cubanía, hacen que su obra, ante todo, sea ecléctica, porque resulta innegable que su estilo definitivamente está cimentado sobre la base del conocimiento y la experiencia acumuladas hasta su retorno a Cuba, que es cuando puede entonces hablarse ya de una orientación férrea en su arte, de un estilo sólido y único.

Sobre sus realizaciones inspiradas en temas alegóricos a la mujer, a la arquitectura colonial y a la flora y la fauna isleñas, Amelia afirmó de forma contundente: “No me interesa copiar el objeto. A veces me pregunto para qué pintar naranjas de un verismo exterior. Lo que importa es la realización del motivo, con nuestra personalidad, y el poder que tiene el artista de organizar sus emociones. Esa es la razón por la cual rompí deliberadamente con las apariencias. Una de las grandes adquisiciones de los artistas de hoy es haber encontrado la expresión por el color.

En el Museo Nacional de Bellas Artes de La Habana, en la sala dedicada a la vanguardia (Edificio de Arte cubano) se exhiben muchas de las numerosas piezas de Amelia —más de 160— que atesora esta institución en los fondos patrimoniales de pintura, dibujo y bocetos de murales, además de cerámicas, de las cuales existen más de 60 obras.

Amelia Peláez fue una de las grandes mujeres del arte latinoamericano en el pasado siglo. En enero de 1968, tres meses antes de fallecer, recibió la Orden Nacional 30 Años dedicados al Arte. Pero su mayor trascendencia radica en su fecundo legado a la cultura de las Américas.

(1)    ( 2) Amelia Peláez: la huella de Mallorca. Cronología. Pág. 74

(3) José María Chacón y Calvo. Prefacio al Catálogo de la exposición. Lyceum de La Habana. Enero 25-febrero 4 de 1935.

(4) Emilio Ballagas. Diario de la Marina. Agosto 8 de 1936.

(5) En 1936 Amelia ilustró un artículo de Ramón Guirao en la revista Grafos, La Habana, titulado Centenario de Gustavo Adolfo Bécquer. Entusiasmada con su experiencia europea en la ilustración de manuscritos se propone trabajar con textos cubanos, entre los cuales selecciona poemas de José Martí, José María Heredia y Plácido. Ilustró, en colaboración con su hermano Manolo, la obra de Julián del Casal titulada Petronio.

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