Edgar Degas en Bellas Artes: Oportunidad “de lujo”

18 01 2011

Por Jorge Rivas Rodríguez

En la vida existen oportunidades “de lujo”. Tal ha sido la exhibición en Cuba de la colección completa de esculturas de una de las figuras más emblemáticas del arte universal, Edgar Degas (París,1834 -1917), muestra facilitada por el M. T. Abraham Center for Visual Arts, de Estados Unidos, como parte de los homenajes que durante el año pasado se realizaron en diferentes países e instituciones 

Pequeña Bailarina de 14 años

Pequeña Bailarina de 14 años

con motivo del aniversario 90 de la prima ballerina assoluta Alicia Alonso (La Habana, 1920), quien asistió a la inauguración de esta exposición instalada —hasta finales de este mes— en la sala transitoria del Edificio de Arte Universal del Museo Nacional de Bellas Artes (MNBA).

El sorprendente conjunto expuesto bajo el título de Todas las esculturas de Edgar Degas, está integrado por 74 piezas (1), las cuales fueron anteriormente llevadas a Atenas, Tel Aviv y Bulgaria, para desde aquí continuar su periplo por España. Su presencia en el MNBA excita la espiritualidad, y no solo por la majestuosidad artística, sino por una especie de aura  mística que entre ellas se expande, al punto de producir emoción y provocar en el espectador  infinidad de fabulaciones, enriquecidas por un excelente trabajo curatorial a cargo de Walter Maibaum y Carol Conn, quienes no pudieron asistir a la apertura, pero enviaron un mensaje en el que enfatizaron su complacencia por traerla a la Isla en honor a “la más grande ballerina del mundo”.

Concebidas en pequeños formatos —excepto una—, las esculturas fueron agrupadas en correspondencia con una dramaturgia expositiva que tiene como base esencial el lógico ordenamiento de los principales temas recreados por Degas a través de estos estudios, es decir, las bailarinas, los caballos y los desnudos de bañistas. Ante la presencia del espectador las danzarinas del gran maestro impresionista parecen ejecutar disímiles movimientos que corroboran sus hondos conocimientos sobre las técnicas de ballet (2), en lo que contribuyeron sus extensas jornadas de estudio durante los ensayos de las bailarinas en el escenario.

Otro grupo de obras aluden a disímiles posturas de los caballos —en su época eran famosas y recurrentes las carreras de esta noble bestia—. En ellas, como en sus bailarinas, se observa ese obsesivo interés del artista por el movimiento —también distintivo en sus célebres óleos y pasteles recreados en estos mismos temas—, por la dinámica de la figura. Minuciosas y rítmicas esculturas modeladas en cera, arcilla, yeso o plastilina, materiales con los que Degas realizó las 150 esculturas encontradas tras su fallecimiento por sus amigos Paul Durand-Ruel y Ambroise Vollard, grupo del que solamente pudieron rescatarse estas 74 piezas, posteriormente fundidas (1919) en bronce por el francés Adriend-Aurelin Hébrard.

Pero la escultura “estrella” de esta exhibición es La pequeña bailarina de 14 años, la más grande de todas y la única que Edgar Degas expuso en vida (3). A las entrada del salón la adolescente de 98 cm de alto —fundida en bronce luego de ser encontrada en el taller del artista junto a las demás figuras— recibe al espectador, soberbia e intrépida, tal fue concebida por su creador, quien originalmente la esculpió en cera(4) y, desafiando cánones, incluyó en ella seda, tul, peluca y zapatillas naturales, idea rechazada entonces por transgredir los límites del realismo. Tanto la crítica, como parte del  público parisino la calificaron como “una muñecona, fea, deforme y sin gracia”, entre otros apelativos adjudicados a la que devino más famosa pieza escultórica del artista inspirada en una estudiante de ballet y en cuya coleta trenzada, en presencia de la gran bailarina, fue colocada una cinta de raso de suave color malva por las estudiantes de la Escuela Nacional de Ballet, quienes en la inauguración realizaron un performance alusivo a tan memorable acontecimiento, producido por vez primera en Latinoamérica gracias al interés de Alex Rosemberg, tasador estadounidense de obras de arte, y a la cortesía del museo Heraklion, de Grecia.

Polémico, caprichosamente contradictorio y tan encumbrado como desacreditado por sus colegas, Hilaire-Germain-Edgar de Gas, más conocido como Edgar Degas, siendo él mismo fundador del impresionismo, reprochó los principios de este movimiento. En su obra pictórica hizo culto al dibujo —sus encuadres se acercan a la fotografía, en la que también incursionó—, a través del cual predomina la línea sobre el color. Fue considerado por Renoir como el mejor escultor moderno, por delante incluso de Rodin.

Estas esculturas fueron hechas como estudios del movimiento, sin más pretensión.

Degas escudriñaba las posturas naturales o lánguidas, los momentos entre bambalinas, los giros y las contorsiones.

Recientemente se demostró que el esqueleto de la escultura no se hizo de alambre, sino de madera de pinceles viejos.

 Esta pieza puede alcanzar en subasta el valor de más de 15 millones de Euros.

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