Flora, la Recogedora de Sueños: enigmático epílogo de Cundo Bermúdez

23 03 2011

Por Jorge Rivas Rodríguez

Raramente, la obra cumbre de un artista surge precisamente breve tiempo antes de su muerte; y pocas veces, esa obra deviene uno de los legados más extraordinarios de ese creador al arte universal y a la humanidad toda. Me refiero a  Flora, la Recogedora de Sueños, suntuosa escultura del célebre pintor cubano Cundo Bermúdez (La Habana, 3 de septiembre de 1914 – Miami, 30 de octubre de 2008),  un hombre con sorprendente sensibilidad artística y humana, el último maestro de la llamada “segunda generación modernista” en la Isla.

Flora, la recogedora de sueños, de CundoBermúdez

Flora, la recogedora de sueños, de CundoBermúdez

Cundo realizó dos versiones en bronce de esta singular escultura, la única que proyectó durante toda su prolífica carrera artística. La primera de ellas, de 20 pies de alto, fue concebida en gratitud a la hospitalidad que el artista recibió en la ciudad de Miami desde que arribó allí, en 1996, procedente de San Juan, Puerto Rico, donde vivió cerca de 30 años, tras abandonar su país natal y radicarse por breve tiempo en Washington, en 1962, debido a su “incapacidad para subsistir” ante los cambios sociales y económicos que se producían en Cuba luego del derrocamiento del Gobierno de Fulgencio Batista en las primeras horas del año 1959.

Esta escultura “es un símbolo de amor y esperanza para todos los inmigrantes que han arribado a Miami, ciudad que nos acogió como si estuviéramos en nuestras propias casas y constituye la fuente de inspiración de esta obra”; dijo el artífice cuando dio a conocer su decisión de obsequiarla a la multiétnica urbe del Sur de La Florida, importante asentamiento de la diáspora cubana durante más de medio siglo.

En la víspera del segundo aniversario del fallecimiento del pintor, el 29 de octubre 2010, a las diez de la mañana, el Sr. Conrado Basulto, su amigo fiel y presidente del Museo Cundo Bermúdez & Gallery, Inc., se reunió en el Ayuntamiento de Miami con el alcalde Tomás Regalado P. para trasmitirle la decisión del maestro de dedicar Flora, la Recogedora de Sueños, a esa ciudad.

La otra versión de la pieza, de 129.5 cm de alto, fue posteriormente comprada, en noviembre del 2010, por un coleccionista de arte cubano, particularmente fans de la obra iconográfica del pintor de la luz y las escenas cubanas, durante una subasta de Arte Latinoamericano efectuada por la Casa Christie’s en el New York, Rockefeller Plaza.

En la realización de Flora…, Cundo vio la culminación de todas sus pinturas. Él mismo aseguró que quedó sorprendido cuando se percató de que, a esas alturas de su carrera artística,  había proyectado una escultura en vez de una pintura. Y enfatizó que, una vez concluida, “Flora dijo: estoy aquí para quedarme”.

Para este creador que vivió dignamente e hizo del arte el sentido esencial de su vida, su  única obra escultórica tenía un significado muy emocionante, porque —según él— “revela el lado más noble de la humanidad”. En tal sentido enfatizó que, a pesar de todos los problemas que enfrentamos en la vida, la gente siempre se siente optimista, ese es el mensaje que quise “reflejar en la obra de arte llamada Flora, la Recogedora de Sueños, donde los sueños se rememoran, para ver si se hacen realidad”. 

Al observar con detenimiento esta enigmática pieza, puede corroborarse que de ella emana un místico encantamiento, evidentemente producido no solo por la solidez del material con  que fue fundida, sino por la propia configuración de la imagen, la cual resume la fisionomía de muchas de las féminas recreadas por el artista sobre  el lienzo. Asimismo, el gran sombrero, toca o cucurucho que cubre la cabeza de la suntuosa imagen, de estilo más bien figurativo, le adjudican una suerte de aureola espiritual que reclama no solo la atención del espectador, sino su casi obligada reverencia.

La posición plácida, erguida y armoniosa de la pieza, a pesar de la ausencia del prolífico colorido que prevalece en toda la obra plástica de Cundo, igualmente enriquecen un discurso eminentemente lírico, el cual redunda en la exaltación de diferentes emociones y sentimientos, tales como la seguridad, la firmeza, la valentía, el amor y la decidida actuación optimista con qué el hombre debe enfrentar las disímiles situaciones adversas que se le cruzan durante el camino de la existencia.

Sabido es que toda la producción artística de este hombre que sobrepasó las 9 décadas de vida, casi todas de ellas dedicadas al ejercicio del arte, estilizó en sus lienzos toda la luz, colorido y brillantez del Caribe que le vio nacer; trabajos en los que, además, se percibe una extraña musicalidad que mucho tiene que ver con los contrastes de las formas y los colores, y el armonioso ritmo que se establece entre ellos. Y en Flora…, erguida sobre sí misma, sin necesidad de artilugios decorativos o de pigmentos, están presentes esos rasgos definitorios de la proyección ideoestética del artista.

Ante la sobria presencia de Flora… el espectador siente la sensación de que hacia él avanza, cautelosa y serena. Entonces se impone una extraña necesidad de acercarse a esta figura que, desde su mismo título, ensancha nuestra imaginación para dar paso a oníricas representaciones de ambientes cálidos, apacibles y multicolores, como los que soñó Cundo, en recurrente alusión a su patria, a su isla y a su gentes, durante todos los años de su vida en el exilio.

Tanto como en sus cuadros, en esta única y sublime escultura de Cundo, se corrobora su interés por el estudio, el pensamiento, la razón y la cordura puestas siempre en función del hombre, de la especie humana, con sus virtudes, desaciertos, bonanzas y maldades, filosofía enriquecida por su interés por la lectura y la música. Su gran legado fue, precisamente, el haberse adentrado como pocos lo han logrado en los más difíciles vericuetos de nuestra existencia, en la conciencia del individuo y de la sociedad, muchas veces inspirado en temas o asuntos que estuvieron estrechamente relacionados con sus propias experiencias personales. De ese entretejido surge Flora, la recogedora de sueños.

De ahí que en la casi totalidad de sus cuadros sea recurrente la representación de la figura humana, tal sucedió con su primera y única escultura, en la que de alguna manera también hay determinada influencia del Picasso del período cubista.

Se ha afirmado que la pintura de Cundo es, ante todo, una pintura de la música. Y en su Flora… no  solo puede apreciarse ese influjo que emana desde los temas de sus pinturas, sino desde el ritmo, la cadencia y la sonoridad que se deriva desde el interior de esta señorial  figura,  en la cual también puede observarse ese extraño manejo del movimiento íntimo de sus personajes, los cuales percibimos con cierto misticismo estático, como si trataran de vibrar, como el mismo maestro, desde la profundidad de sus conciencias.

No quedó preciso qué motivos condujeron a Cundo a realizar esta obra que, presumiblemente, se derivó de algún estudio o boceto  para alguna de sus pictografías. De cualquier modo, Flora, la recogedora de sueños, constituye la cúspide imaginativa de este artífice que poco antes de morir expresó a  El Nuevo Herald: ”Sigo pintando, porque pintar es una celebración de la vida”.

El  vigor del legado artístico de este eminente pintor fallecido a los 94 años de edad comenzó a germinar desde finales de la década de los años 20, para comenzar un paulatino desarrollo durante los años 30 y alcanzar plena solidez en la siguiente década. De tal manera, como ciertamente han señalado muchos estudiosos de su vida artística, en su cimentación hay rasgos de esa suerte de cruzamiento o entretejido de las generaciones del 27 y del 40, entre la que el inolvidable pintor sienta cátedra con su magistral dominio de la luz y del color.

El mismo reconoció muchas veces que su personalidad, su forma de ser y de actuar ante la vida, daban la impresión de serenidad, de paz interior. “Pero no es verdad en absoluto. Yo soy meticuloso, matraquilloso. Por ejemplo, antes de salir a la calle, doy cuarenta vueltas en la casa como si hubiera olvidado algo y lo estuviera buscando. Igual me pasa cuando voy a acostarme por la noche. Todo lo quiero hacer a esa hora, y me dan las dos de la madrugada y todavía estoy despierto. Alguien me ha dicho que eso me ocurre porque nací el tres de septiembre, que en Cuba es el mes de los ciclones, y bajo el signo de Virgo, cuyos nativos, dicen los astrólogos, se cuentan entre los seres más quisquillosos del Zodíaco”.

Y ahora le toca a la vida eterna, celebrarlo, honrarle y valorar en toda su real magnitud la grandeza de un arte que deviene acto de integración de comprensiones y reconocimiento del universo, donde lo sensible, ante todo, está controlado por el saber, por la grandeza de los más nobles sentimientos espirituales, de entre los que surgió esta emblemática Flora que percibimos como extraordinario Epílogo  del arte de un hombre que descubrió el modo de sintetizar sus percepciones a través del amor, la semejanza, y la justa valoración del tiempo y del espacio que le tocó vivir.

Jorge Rivas Rodríguez,

La Habana, marzo del 2011

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