Ernesto García Peña: Traslúcidos deseos en instantes de la vida

5 04 2011

Jorge Rivas Rodríguez

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Si entre el variopinto cosmos de la plástica cubana no existiera la obra del maestro Ernesto García Peña (Matanzas, 6 de marzo de 1949), habría que inventarla; y no solo porque se nos hace imprescindible ya  ese lírico discurso plástico en el que el cuerpo humano asume un rol protagónico en un ambiente de sugerentes colores y voluptuosas formas, sino, ante todo, por el tratamiento de diferentes temas que precisan lo corpóreo para establecer coordenadas de comunicación y expresión con el entorno y con el propio yo del pintor.

Por estos días tuvimos la posibilidad de disfrutar del epicúreo arte de este artífice en la Galería La

Ernesto García Peña: Nos. 2010. Técnica mixta sobre lienzo. 176 x 86 cm.

Ernesto García Peña: Nos. 2010. Técnica mixta sobre lienzo. 176 x 86 cm.

Acacia, en la capital, en donde el conjunto de iconografías allí expuesto bajo el título de Traslúcidos deseos, corrobora ese místico encantamiento que, con aura de  sensualidad y erotismo, atrapa la contemplación del espectador para ofrecer un rico universo de ideas que trascienden las fronteras del goce e incitan valoraciones mucho más enjundiosas. 

Y es que detrás del incuestionable “deseo” y de la apetencia por la belleza y la exquisitez plástica que emana de estos cuadros, como formas “traslúcidas” y diáfanas están —muchas veces solapadas—  las verdaderas intensiones del creador, es decir, su axiomática idea de convocar a la reflexión. “Batalla” del cuerpo por vencer todo lo que pudiera someterlo a la soledad, al miedo, a la tristeza, a la angustia de saberse en medio de un mundo hostil y bárbaro.

Ya lo ha dicho el propio pintor: “en las más disímiles circunstancias, cuando alguna idea nos atormenta, podemos acudir fácilmente a este modo de expresión para anotar nuestras impresiones”.

De tal modo, pudiera decirse que la producción iconográfica de García Peña se sustenta en la épica de la vida, sin enfatizar el lado oscuro del comportamiento humano, sino revelándolo, de manera sutil, desde la luz, desde la gallardía de las formas, a través de un arte cuya cinética subraya el verdadero sentido del movimiento: la transformación y la evolución que nos conducen desde el caos al orden, y viceversa. En tal empeño no se interesa mucho por la revisión de lo puramente pictórico; sino más bien por la comunicación mental y emocional con imágenes culturales —tendientes al minimalismo— concordantes con nuestro tiempo y con épocas anteriores. Al fin y al cabo él sabe que su obra “funciona”, con sublime energía musical, en cualquier parte del mundo. 

Para el instruido maestro que, como pocos, se ha nutrido de las enseñanzas de las principales escuelas de arte existentes en la Isla a partir de 1959 —desde la de Instructores hasta la Nacional (ENA) y el Instituto Superior (ISA)—, el cuerpo y el movimiento no son solo elementos físicos que dejan una huella estética, sino también son considerados por él como parte de la fenomenología del diario construir del ser social o el ser individual. “A mí lo que me interesa es la plenitud, lo que intenta el ser humano alcanzar”, tal ha dicho.

Pintar es una gran celebración para García Peña. Cada línea, cada mancha, cada forma reflejada sobre el lienzo o la cartulina es un acto de fe, de exorcismo, de entrega total, sin premoniciones ni ideas preconcebidas. Este amigable dibujante, pintor y grabador considera que “el arte es impredecible”, es algo “nuevo que no se puede planificar, que brota de manera especial en cada persona, en cada generación, en cada estilo”.

Este prolífico artífice —cerca de 50 exposiciones personales— se vale de su dominio del dibujo, el cual constituye su principal herramienta de construcción poética, de invención y descripción de un mundo que, en tanto resulta familiar y placentero también puede ser siniestro. Dos figuras unidas, si bien sugieren una amorosa alabanza, tal vez filial, o entre dos amigos…  igualmente pueden referir dos seres fusionados por el dolor o la tristeza, o por un súbito deseo de cantarle a la vida, a los sueños…. De ahí la pluralidad de lecturas de sus discursos, en los que también hay historias narradas por un solo personaje y diversos entornos, a veces apacibles, otras sugerentemente sediciosos, fundamentalmente mediante el uso de los colores. Como todo buen arte, estas pictografías convocan a la participación consciente del espectador, con sus distintas experiencias y entendimientos del mundo.

Sin embargo, pienso que el obsesivo y recurrente tratamiento de las figuraciones corporales constituye un ardid para enfatizar y dramatizar los problemas que obseden al artista: la relevancia “del otro”, los valores espirituales,  la comunión entre el juicio y la acción, el paso del tiempo, el aislamiento, el amor, la maternidad, la interacción del hombre con la naturaleza —en recurrentes alusiones a aves o figuras aladas, flores, frutas o cálidos ambientes recreados en el profuso universo caribeño—… caleidoscopio que igualmente escudriña infinitos sentimientos y pasiones.

Bien vale disfrutar de esta suerte de ensayos existenciales, en los que nos corresponde, como espectadores, decidir el destino de los personajes de García Peña, quien nos sugiere, con matices poéticos, posibles instantes extraídos de la velocidad con que transcurren nuestras vidas.

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