Patricia, la niña artista: ¿fenómeno, talento o sabia e inusual orientación en el arte?

5 04 2011

Por Jorge Rivas Rodríguez

Hace pocos días presencié un hecho artístico que no solo ha cautivado a críticos y profesionales de las artes plásticas por el profundo concepto de su discurso, sino también por el admirable ejercicio creador de una chica que apenas sobrepasa los 12 años de edad. Me refiero a la simpática Patricia Sarracino Otero, ganadora del Primer premio (juvenil)  y del Premio de la Popularidad, en el prestigioso concurso anual convocado por el Centro experimental de las artes visuales José Antonio Díaz Peláez, del municipio habanero de Plaza.

Patricia Sarracino Otero: ¿fenómeno, talento o sabia e inusual  orientación en el arte?

Patricia Sarracino Otero: ¿fenómeno, talento o sabia e inusual orientación en el arte?

La pieza premiada en cuestión se titula Vestido de los 15 años, suntuosa escultura  que igualmente acaparó la atención de los transeúntes que aquella mañana de sábado se detenían ante el jolgorio que convocó a decenas de niños en su tradicional sede del Parque Mariana Grajales (23 y C). Y es que, como expresara a la prensa nacional, Arístides  Admed Gutiérrez, artífice y director del Centro José Antonio Díaz Peláez, la obra de Patricia estuvo a la altura de las mejores obras laureadas cuando este evento convocaba a creadores profesionales de todas las provincias. “Realmente esta niña —dijo— demostró gran talento para el arte, sería bueno seguir muy de cerca sus propuestas y su desarrollo artístico”.

Y vale la pena preguntarse ¿cómo es posible que esta niña haya podido realizar tan sólido trabajo sin tener, siquiera,  una incipiente formación académica, pues solamente ha incursionado en breves talleres y cursos sobre artes plásticas fundamentalmente impartidos por ese centro y algún que otro encuentro didáctico en otras instituciones culturales de la Isla?

Vestido de los 15 años supera, con extraordinarias creces en valores artísticos, algunas anteriores incursiones en el dibujo y la pintura —sobre todo con interesantísimos trabajos en retrato y paisaje—, concordantes con su edad y su formación eminentemente autodidacta.  Su pieza —ahora conservada como patrimonio artístico del Centro experimental de las artes visuales José Antonio Díaz Peláez — consistió en la realización de una escultura de cerca de tres metros de alto, de dimensiones variables,  confeccionada con fibras, hojas, tallos y flores de diferentes plantas de gran connotación nacional, tales como la Palma Real, el Framboyán, la Yagruma y la penca de  Guano, con las que entretejió un suntuoso vestido largo, cuya armazón, de firme factura por la utilización de plantas secas, sirvió de receptáculo para unas tres docenas de palomas que, durante un inesperado performance, emprendieron vuelo para dejar boquiabiertos a los asistentes.

Según Patricia, destacada estudiante de 7mo grado de la Escuela Enrique Masa, de Playa,  esta escultura representa la añorada llegada de los 15 años para las muchachas de la Isla, quienes arriban a esa feliz edad  con muchas ilusiones, entre ellas ganar un poco más de “libertad” espiritual, social  y doméstica, ya que “dejamos un poco de ser tan niñas, de ahí  que quise complementar mi obra con este hermoso performance con las palomas, otro símbolo nacional que está muy en concordancia con el discurso de la escultura”.

Otro aspecto sobre el que vale la pena reflexionar, sobre todo en lo concerniente a las reales aptitudes creativas de Patricia, está relacionado con  la total autoría de su proyecto, el cual acometió de forma individual —con el lógico y mínimo asesoramiento del reconocido artista Yasser Rittoles—, a diferencia del resto de los trabajos concursantes, los que prácticamente constituyeron piezas de creación colectiva.

En sus declaraciones a la prensa, poco después de recibir los numerosos lauros que ganó aquel día con su novedoso Vestido de los 15 años, ella expresó con total orgullo y seguridad, como clara expresión de gratitud, que su obra premiada estaba dedicada “a mis padres y a todos los que ayudaron a hacerla  realidad”.

Luego de hacer determinadas incursiones en la vida familiar de la triunfadora indiscutible del  Concurso José Antonio Díaz Peláez 2011, pienso que sobradas razones tiene Patri, como cariñosamente le llaman en su hogar y entre sus compañeros de aula  y amigos, para ofrendar su primer gran iconografía a sus progenitores, un armónico matrimonio integrado por Haydée y Nany, dos apasionados aficionados del arte. De hecho, el amor y el conocimiento y promoción del arte, en el hogar de  Patricia, es una cuestión de “herencia”, ya que desde su abuelo —tal posibilidades que le ofrecía  su labor como directivo vinculado al diseño de las antiguas unidades de la industria del turismo en la Isla—, este interés por el arte constituía frecuente motivo de tertulia familiar. El  diálogo en torno a este tema y a los movimientos que prevalecían en aquellos tiempos y sus principales cultivadores eran asuntos del orden del día casi cotidiano, suerte de pasión espiritual que prontamente prendió en el padre de la niña mucho antes de que ella viniera al mundo.

Ese interés por la crítica y el conocimiento del arte, se hizo tradición en el hogar. Su padre, a quien considero  desinteresado y “moderno mecenas” de los jóvenes artistas cubanos —apoyado sin reparos e incondicionalmente por su esposa, aun en los tiempos más difíciles para la familia—, es casi fuente obligada  de consulta para un mejor conocimiento de algunas de las figuras más trascendentales de la plástica cubana de la primera y segunda vanguardias, formación casi enciclopédica que este noble hombre se ha agenciado de forma autodidacta, mediante la investigación y la lectura.  

De tal modo, la casa de la familia Sarracino-Otero es un taller de debates, de confrontación, de crítica sobre arte. En las paredes, mesas y otros muebles —e incluso en los pisos del estrecho salón de la  vivienda ubicada en la Calle 23, en Playa—  cientos de cuadros, de diferentes estilos y tendencias, cada semana ocupan la atención de los artistas, críticos, especialistas, amigos que allí concurren… pero también de la familia, que durante tantos años ha hecho de ese ambiente momentos de rutina y placer.

Y de esa fuente, directamente y desde que tuvo uso de razón ha sabido beber, y beber bien, Patricia,  incentivada, además, por el interés de sus padres.

Y este fenómeno de sorprendente aptitud creadora en  Patricia hay que estudiarlo a partir de la conclusión pedagógica sobre la necesidad de ampliar la experiencia del niño si queremos proporcionarle bases suficientemente sólidas para su actividad creadora. Es decir, las posibilidades creativas de esta niña, expresada en su obra anterior y encumbrada en su descomunal escultura, ratifican el precepto sicológico de que cuanto más vea, oiga y experimente, cuanto más aprenda y asimile, cuantos más elementos reales disponga en su experiencia el niño, tanto más considerable y productiva será, a igualdad de las restantes circunstancias, la actividad de su imaginación.

Entonces, el “caso” de Patricia ofrece claras y nuevas luces en torno a lo que algunos psicólogos denominan “la primera y principal ley” a la cual se subordina la función imaginativa:  “la actividad creadora de la imaginación se encuentra en relación directa con la riqueza y la diversidad de la experiencia acumulada por el hombre, porque esta experiencia ofrece el material con el que erige sus edificios la fantasía. Cuanto más rica sea la experiencia humana, tanto mayor será el material del que dispone esa imaginación. Por eso, la imaginación del niño es más pobre que la del adulto, por ser menor su experiencia”.

¿Por qué Patricia proyectó una obra cuya trascendencia ideoestética está a la altura de las mejores obras laureadas, cuando este evento convocaba a creadores profesionales adultos de todas las provincias? ¿Puede considerarse la escultura Vestido de los 15 años como una obra concordante con la imaginación de un niño de su edad?

La respuesta, indudablemente hay que buscarla, ante todo, en las experiencias “acumuladas” de forma veloz y crítica durante los debates y tertulias recurrentemente originados en el hogar y en el apasionado interés de sus padres porque la infante sostuviera ese contacto con el arte de forma fluida, natural y armónica, sin imposiciones ni forzamientos, sino como un proceso de reconocimiento e identificación que partió de las propias “necesidades” cognoscitivas de la niña, de su innata vocación por el universo artístico.

Bien es sabido que la actividad “combinadora” del cerebro se basa en que el cerebro conserva huellas de las excitaciones precedentes y toda la novedad de esta función se reduce sencillamente a que, disponiendo de las huellas de dichas excitaciones, las combina en formas distintas a las que se encontraban en la realidad. Dicho de otro modo, Patricia fue acumulando, durante años y paralelamente a su desarrollo físico, educacional y cultural, todas aquellas experiencias vividas en el hogar, cuyas huellas constituyen simientes que han ido germinando de forma diferente y original, fecundando a la vez su vocación por el arte.

Por tanto, Patricia no constituye un fenómeno, como tampoco es una niña “prodigio”. Su obra Vestido de los 15 años, como algunos de sus sorprendentes dibujos —tal el retrato que le realizó a su padre cuando apenas tenía 8 años—  no son más que el reflejo de una natural y normal vocación por el arte sabiamente orientada dentro del propio seno familiar, amén de una virtud pocas veces posibles: el reiterado debate, estudio y apreciación de las artes plásticas en sus más disímiles expresiones, géneros, tendencias y técnicas.

Por tanto, si tomamos como “experiencia acumulada” todo ese universo artístico en el que se ha desarrollado esta niña, podemos entonces afirmar que sí, que Vestido de los 15 años, sin dudas, es una obra concordante con la imaginación de un niño que, a su edad, ha podido enriquecerse —tal vez como ningún otro infante— de forma dinámica y extraordinariamente rápida,  de experiencias y valores concernientes al buen arte.

Seguramente la amigable y cariñosa Patri en cualquier buen momento vuelva a dejarnos boquiabiertos con  algunas de sus sorpresivas intervenciones artísticas. Y vale la pena que reciba el apoyo de todos cuantos pueden hacer viable su formación en tan noble y espiritual desempeño.

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