LA BIENAL DE ESTAMBUL DE ARTE POLÍTICO RESUCITA LA OBRA DEL CUBANO FÉLIX GONZÁLEZ-TORRES

17 09 2011

No hay ninguna obra suya expuesta, pero el espíritu, la belleza formal y el compromiso social y político de Félix González-Torres (Guaimaro, 1957- Miami, 1996) sobrevuelan estos días la Bienal de Estambul; asegura un excelente artículo de prensa publicado por  Ángeles García, enviada especial  del prestigioso periódico español El País al importante encuentro del arte.

Obra de González-Torres

Obra de González-Torres

En su edición digital  (www.elpais.com), el rotativo afirma que la cita más política y comprometida del panorama en Estambul se presenta como un homenaje en forma de antología al artista cubano, a quien el sida se llevó por delante en el mejor momento de su carrera. El resultado sirve para recorrer su intensa vida y resucitar el heroicidad de las batallas libradas a través de la expresión conceptual.

A él le gustaba bautizar piezas como sus célebres montañas de caramelos, habitantes del sutil mundo de las instalaciones minimalistas, con el socorrido Sin título. Y así han nombrado sus dos comisarios, Adriano Pedrosa y Jens Hoffmann, esta bienal, en la que se reúne obra de casi un centenar de artistas sobre temas presentes en la obra de González-Torres: la discriminación, las fronteras, la violencia, la abstracción o el amor homosexual.

Los comisarios ocultaron deliberadamente la lista de los creadores citados en la antigua fábrica de Estambul que ocupa la bienal. Era su forma de criticar el excesivo culto al nombre del mercado del arte contemporáneo. Se sabía, eso sí, que abundarían los latinoamericanos, los europeos del Este y los autores de Oriente Próximo. Y entre todos ellos, un solo español en la sección oficial: Antoni Muntadas (Barcelona, 1942).

Según la colega Ángeles García, los organizadores han querido equiparar el Nueva York del deslumbramiento artístico de González-Torres con el presente agitado de la antigua Constantinopla. El descontrol, el ruido, la furia y la siempre complicada convivencia entre lo antiguo y lo nuevo se dejan sentir desde la misma entrada a los pabellones de la bienal, en la que se escenifica la colisión de mundos aparentemente contradictorios.

En los dos edificios se ha optado por dividir las obras de los artistas en celdas de aire monacal, feliz idea del arquitecto japonés Ryue Nishizawa (miembro del despacho Sejima and Nishizawa and Associates, los ganadores del Pritzker de 2010). Documentos, pinturas, mucha fotografía y poco vídeo narran dramáticas historias de deportaciones, de marginación y de acosos tan tangibles como los que sufrió González-Torres en vida.

Hay constantes referencias a la primavera de las revueltas árabes. El drama que a diario siguen sufriendo los palestinos lo cuenta bien Bisan Abu-Eisheh (Jerusalén, 1985) en su instalación titulada Playing house. Llena su espacio con un montón de piedras y objetos recogidos en casas abandonadas en diferentes zonas de Jerusalén. Hay ropa, cubiertos de cocina, trozos de CD… Y cada una de estas piezas se expone con su genealogía: de dónde viene exactamente, el plano de la casa original, la fecha de la demolición, el número de habitantes… Son edificios que fueron construidos, destruidos y posteriormente reconstruidos en numerosas ocasiones durante los últimos 40 años.

La marginación y el acoso que sufren las mujeres, nunca suficientemente denunciados, inspira una gran parte de la exposición de la bienal, que hace bullir estos días a Estambul con actividades paralelas y privadas desparramadas en las zonas europea y asiática. Una treintena de jóvenes artistas turcas habla también de su malestar en el vecino Museo de Arte Contemporáneo de Estambul.

Dentro de los pabellones, la obra de creadoras consagradas y emergentes se solapa. La famosa fotografía de la revolucionaria mexicana que pasea con la bandera al hombro, retratada por la italiana Tina Modotti en 1928, da paso a las desoladoras imágenes de Martha Rosler (Nueva York, 1950), protagonizadas por mujeres y niños víctimas de las guerras de Irak y Afganistán, mientras Catherine Opie (Ohio, 1961) expone una selección de sus primeros planos.

Pero puede que la obra que mejor describa el aislamiento sea la instalación de la brasileña Renata Lucas (Ribeirao Preto, 1971). Sus grandes paneles móviles de madera recuerdan que las barreras están ahí para impedir el paso a los sueños, asegura  Ángeles García, en su reporte para El País.

 

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